Laberintos

“Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan complejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “¡Oh, rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso.” Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquél que no muere”.      
Del cuento de Jorge Luis Borges, en “El Aleph: Los dos reyes y los dos laberintos” 

La metáfora del laberinto cerrado podría hacer referencia a la cultura misma y sus parámetros, ya que esta implica una represión necesaria para poder vivir en sociedad, pero al mismo tiempo, aparece como habilitadora para construir nuestros propios muros. En cambio si no hay muros, hay un laberinto abierto, se está en el desierto, entonces hay idea de fatalidad, de un universo de incertidumbre en el que el sujeto no tiene de que sostenerse para su construcción subjetiva.
Como no podemos pensar al hombre sin cultura damos por sentado que esta misma nos abre la puerta y nos inserta impetuosamente en su laberinto, es decir, que los muros constatan la propia existencia, dominan, controlan discursos. Dichos muros pueden ser violentos sin dar lugar a la construcción de la singularidad en el intento de crear seres mecanizados, funcionando como engranajes sin dar lugar al acto de pensar.
Por eso es necesario que los muros permitan que se entretejan nuevos laberintos, es decir, que el sujeto sepa que el mismo tiene la posibilidad de construir su propio laberinto y poder atravesar las distintas trabas que encuentra en esa construcción. Aquí es importante la categoría de discurso para crear nuevas representaciones que ayuden a pensarse a sí mismo y al sistema en el que se está inserto, considerando posible el cambio y las intervenciones para que ello suceda, pese a los muros que el sistema impone coaccionando implícitamente a través de sus instituciones.