*Sobre esas pequeñas cosas que me cautivan de cuando viajo

Hoy quise escribir sobre algunas de esas cosas que me atrapan cuando viajo. Son simples, sencillas e incluso, para quien no sienta lo mismo, pueden parecer ridículas o ni siquiera llamarle la atención en lo más mínimo. Para mí, tienen tanto peso, que hasta me atrevería a decir que le dan vida a mis viajes.
Las comparto a modo de catarsis, para quien quiera sentirse identificado. Y para quien no, también.

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“Por más de que viajemos alrededor de todo el mundo para encontrar la belleza, si no la llevamos con nosotros, no la encontraremos nunca” Ralph Waldo Emerson

*Comenzando por aquellos a quienes no puedo dejar de mirar sin sonreír: los mapas.
Me atrapan los mapas. Es algo que siento, y no logro dar con el motivo que hace que me gusten tanto. Con el tiempo me he planteado varias hipótesis, cada una de ellas se relaciona con el porque, pero ninguna logra responder por si misma a la pregunta del ¿Por qué me gustan tanto los mapas?

Crecí rodeada de libros de geografía por doquier, en el armario, arriba de la mesa, en algún cajón perdido, en los bolsos colgados por ahí. Pienso que por eso quizá hoy no es tan casual el hecho que me gusten tanto. Tengo una mamá profesora de geografía, y si bien confieso que nunca fui amante de la materia “geografía” en la escuela secundaria (es más, la padecía), existe cierta magia en los mapas que hizo que ellos sean la única excepción. No puedo no quererlos, ¡me gustan demasiado!

Pienso también que me pasa porque los destinos en papel parecen más alcanzables, más cercanos, más concretos. Uno con el dedo en el mapa parece que viaja de un lugar a otro con un simple desliz, aunque después en el terreno concreto sea otra la cuestión.

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Este no será de papel, pero por no por eso me impide verlo y volar…

Me encantan…
Porque invitan a que los interprete, a que planifique a través de ellos, a evaluar las posibilidades de ir por aquí o por allá, a fantasear, a soñar, a divagar por diversos universos, a inventar, a meditar.
Porque invitan a descubrir, a volar, a pensar, a imaginar, a sentir, a creer, a vivir, y por sobre todo, invitan a viajar.

Mirar un mapa para mí es transportarse a espacios desconocidos. Espacios que en el mapa solo aparecen como un simple punto, pero que son mucho más que eso. Son sitios que encierran misterios y que llaman desde un papel para que los vaya a descubrir.

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Que lindo que es rayar los mapas en ese “intento de orientación” =)

Detrás de esos puntos en al mapa hay paseos, personas, edificios, monumentos, comidas, recuerdos, momentos, miles de historias, de leyendas, de paisajes, de lugares, de conversaciones, de gente que ha vivido y transitado por ahí.

Los mapas me hacen sentir que se viaja ANTES de viajar, DURANTE el viaje y DESPUÉS del viaje. Y principalmente que el viaje está en la cabeza de uno.

Mirarlos es sentir que me palpita el corazón más fuerte. Que miles de mariposas revolotean en mi panza a una velocidad incalculable. Que me brillan los ojos como estupefactos, sin poder creer en lo asombroso que puede llegar a ser este mundo moldeado en un papel.

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Argentina y sus provincias, en el mural de mi ex-casa en Rosario, acompañada dela frase “Cuando te enteres de cuan grande es el mundo, entenderás cuan pequeños tus problemas son” (anónimo)

*Me cuesta despedirme del mar. (y en algún punto lo disfruto)

Este fin de semana fui de paseo a la playa de Emu Park, a una hora de Rockhampton (que es dónde estoy viviendo por el momento). Y la pase muy bien todo el finde, excepto cuando llegó ese tan temido momento: el de despedirme del mar.

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O me lo llevo yo, o el me lleva a mi

No sé por que me pasa, pero cada vez que lo veo y que me cae la ficha de que no lo voy a ver por un buen tiempo (tiempo que puede oscilar de un día a un año), me agarra una especie de melancolía previa a ese momento en el que dejo el mar en la lejanía y al alcance solamente del espejito retrovisor.

Y camino por sus orillas, y me siento, y pienso, y vuelvo a caminar, y vuelvo a sentarme, y vuelvo a pensar, y así por un largo rato. Dando vueltas y tratando de hacer cualquier tipo de calculo, el que me salga, como intentando buscarle el pelo al huevo, la quinta pata al gato, o simplemente una respuesta a este porque de mi vida.

Con el me siento en confianza, en armonía, siento una compañía que va mas allá de la presencia física, es algo tan abstracto y material a la vez…

A veces  quisiera llevármelo en el bolsillo, la mochila, o cargarlo en donde sea. Calculo que me pasa por creer en esta idea de que teniendo algo, eso ya forma parte de uno.

Sin embargo, y haciendo un poco de mea culpa, esto de no poder despedirme del mar creo que tiene que ver con no poder desprenderme de quien fui cuando estuve ahí, mano a mano con el. Se tratará entonces o de intentar ser quien fui cuando estuve junto al mar cuando no estoy junto al mar, o de aprender a desprenderme de esa que fui en aquel momento, o no sé…

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Contemplando

*Me encanta observar árboles e imaginarles historias.

¿Qué será lo que me atrapa tanto de los árboles?

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“Si quieres saber de fortaleza y paciencia, frecuenta la compañía de los árboles”. Anónimo

Puedo pasar un largo tiempo mirándolos, imaginando, pensando y preguntándome ¿Qué tendrá para decirme? ¿Cuántos años tendrá? ¿Cuántas historias tendrá por contar? ¿Cómo le hubiese gustado ser? ¿Que representaran tantas ramas? ¿Por qué es tan diferente a otros árboles en tamaño, hojas, base, tronco, ramas, color, textura? ¿Cómo se verá este árbol si alteraría sus colores?  ¿Hablará con el viento, la lluvia, las aves que hacen sus nidos sobre él? (si, muchas veces  me pasa que no puedo dejar de humanizarlos)

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¿Qué historias tiene para contar la gente que vive alrededor de él? ¿Quién lo plantó? ¿Cómo habrá sido el espacio que lo rodea ahora un par de años atrás? ¿De qué está hecho? ¿Cómo cambia visualmente en el curso del día?

También trato de observarlos desde distintos ángulos, desde bien abajo, a la altura de mi mirada, o trepo un poco y lo miro desde arriba. Me acerco, me alejo, intento pensarlos en partes separadas; las hojas, la corteza, las raíces.  Intento estudiar sus formas, dibujarlos, llevarme algo que le pertenezca, alguna rama o hoja seca que se le haya desprendido…

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Escalera al cielo

Intento entender el proceso, el cómo este árbol habrá llegado hasta acá. Como una de sus frutas creció, como fue variando, cambiando, como es que cayó de ese árbol, que papel jugó el clima y las personas en su crecimiento.

Otras veces se me ocurre pensar en cuantos de todos los materiales que tengo a mi alcance fueron parte de un árbol en su principio: las hojas, lápices, silla, mesa, piso, paredes, techo, puerta, y puedo seguir nombrando muchas más (no sé si para bien o para mal).

Muchos me atrapan por sus aromas (confieso que me gusta el perfume que largan el día de mi cumpleaños), por su textura, por los sonidos de las aves que reposan sobre ellos.

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No te olvides de las raíces

Son muchas las preguntas que se me ocurren de solo observarlos. ¡Son tan maravillosos! Desde ahora en adelante, voy a proponerme comenzar a celebrarlos un poco más.

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” Aveces un árbol puede decirte más que lo que puedas leer en un libro” Carl Jung

*Soy feliz volando en avión.

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“La dulce espera” en Sydney

La secuencia que voy a describir puede sonar un poco rutinaria y aburrida para cualquiera que lo lea, pero para mí significa entrar en un cuento de hadas. Desde que piso cualquier aeropuerto comienzo a entrar en un estado de exaltación que se me hace difícil ponerlo en palabras.
Luego se viene la espera (a veces eterna, y esta es la parte menos divertida del vuelo), hasta que comienzo a hacer la fila para subir al avión. En ese momento me siento como si le hubiese entrado a 10 litros de café, 5 de energizante y 300 danoninos. El corazón me palpita y ya comienzo a sentir escalofríos.
El pico de estas sensaciones se dan cuando el avión comienza a moverse y tomar más y más velocidad hasta que despega, creo que me encantaría vivir en un avión que esté despegando todo el tiempo. El durante de un vuelo es algo fascinante. Poder contemplar cómo se atraviesan las nubes, el día, la noche, las luces de una ciudad, las plantaciones de un campo, el océano, las montañas, los paisajes naturales, las construcciones creadas por el hombre, todo eso visto desde lo alto, es algo incontable.

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En plena euforia

Por último, pero no por eso menos importante, el momento de aterrizaje. Ahí es cuando las pulsaciones comienzan a bajar y caigo en la cuenta de que tengo que ir a buscar la valija, hacer los trámites burocráticos, y todo eso que funciona a modo de corte de ese momento hipnótico que acabo de vivir, pero que sin ese corte, el cuento de hadas no hubiese sido el mismo.

El volar en avión me genera miles de revoluciones internas. Quizás porque es el momento en que mi mente vuela y por más que quiera concentrarme en otra cosa, la imaginación se dispara sola hacia lo que va a ser mi próximo destino, o porque es el instante en el que comienzan a surgir de un solo golpe todos los planes y proyectos que venía armando, o porque me acuerdo de las despedidas, aparecen los recuerdos, las preguntas, la incertidumbre y las memorias difusas que logran que no deje de sentirme confundida. O quizás estas revoluciones se den por la alegría de estar llevando adelante algo que me propuse, o por la mera incertidumbre que me genera la vida misma…

*Me genera piel de gallina encontrarme con gente en el camino que te transmite la idea de que ama lo que hace.

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Capo di capi

En Australia, cada casa que visitaba en la que estaba la televisión prendida, se miraba un programa que me intrigaba. No sé si por la música de suspenso, las imágenes entrecortadas que mostraba, las comidas y postres que preparaban, el gran nivel de competencia de los participantes o que. Pero si me llamaba mucho la atención la cantidad de personas que seguían ese reallity show sin perderse a veces un solo capitulo, grabando los programas que no podían ver. Así que un día decidí sentarme un par de horas y ver de qué se trataba. Me preparé los mates, unas galletitas, y me senté frente a la televisión.
Se trataba de una competencia, en la cual se van eliminando progresivamente los participantes, cuya meta consistía en seleccionar quien sería el mejor chef en Australia. Para eso debían demostrar su conocimiento técnico en la cocina, en recetas, en como armar platos, en rapidez. Se trataba de un entrenamiento bastante arduo. También servía para aprender un montón de comidas, platos, que incluso ensayamos aquellos no tan amantes de la cocina, como es mi caso.

Un día, tuve la oportunidad de conocer a esos masterchefs, gracias a un evento especial que hubo en la casa donde trabajaba. No eran los famosos masterchefs que aparecían en la televisión (si bien muchos de ellos se habían presentado en el programa, habiendo quedado eliminados en las primeras etapas), pero eran masterchefs de corazón.

Observé detenidamente la forma en que hacían cada plato, el esfuerzo, la dedicación, esmero, paciencia que le ponían a lo que hacían y me pregunté a mi misma ¿Será que en verdad les gusta tanto cocinar platos que no van a probar?. Siempre pensé al acto de cocinar como una pérdida de tiempo, pensaba: “tanto tiempo invertido en un plato que se come en 5 minutos o que se consigue en una rotisería”. Hasta que le pregunté a uno de ellos: -¿Por qué hacen esto? ¿Realmente les gusta lo que hacen? ¿Qué encuentran en “cocinar”?. Con una sonrisa y una sartén en manos, mientras salían llamaradas de una costeleta de carne me contesta: “desde que era chico me gustaba cocinar. Estudié de grande para ser chef, pero es algo que me apasiona desde antes de estudiarlo técnicamente. Descubrí y sigo descubriendo que es esto lo que me gusta cada vez que veo a una persona sonreír después de que prueba uno de mis platos. Me genera una cosa que no puedo explicar. Ver sonreír a las personas por lo que hago es lo que más me apasiona de mi trabajo.” Y ahí fue cuando hice un click y aprendí (ademas de cuantas cosas es capaz de lograr una sonrisa) lo valioso que es cuando uno ama lo que hace.

Me encanta pensar que hay tantas personas en el mundo que reflejan eso que dijo Galeano un día: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

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Figureti con los masterchefs

*Me gusta encontrarme en mis batallas internas maldiciendo y bendiciendo que se hablen tantos idiomas en el mundo.

Maldigo que se hablen tantos idiomas, por un lado porque le quita dinamismo y fluidez a una conversación, hace que no nos podamos entender, hace que muchas veces pasen desapercibidas tantas cosas, tantos detalles. Porque funciona muchas veces como una gran barrera para la comunicación. Porque si lo veo desde el lado práctico, creo que no es cómodo para el cerebro, y a veces, intentar aprender otro idioma para comunicarse me parece una pérdida de tiempo, plata y esfuerzo.

Bendigo que se hablen tantos idiomas por otro lado, porque le quita y le da dinamismo y fluidez a una conversación, hace que no nos podamos entender, hace que muchas veces pasen desapercibidas tantas cosas, tantos detalles.

Porque le da particularidad y riqueza cultural e histórica a un lugar, porque cada idioma trae detrás una cultura, colores, olores, imágenes, sabores, idiosincrasia. Cada idioma es una manera de ver el mundo, de pensar y ordenar la realidad, de entender la vida.

Creo que sería muy aburrido si no existiesen más los diversos idiomas de este mundo y todos habláramos el mismo idioma. El idioma, los acentos, los modismos hacen que cada viaje o lugar sea aún más especial. Cada idioma aporta una visión del mundo y si hubiera solo uno se perdería la diversidad. ¡Lo genial sería poder hablar todos!
Para terminar y recurriendo a la mitología -acá me pongo un poco religiosa-, quiero decir que la torre de Babel es el mejor castigo que Dios pudo dar.

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Nuestro hola en algunas otras versiones

*Disfruto desorientándome cuando llego a un nuevo lugar. (y esto quizá parezca a simple vista un poco contradictorio con el primer punto, pero permitanme decirles que… ¡no lo es!.  Mi relación con los mapas es mas “sentimental” y no tiene mucho que ver con los puntos cardinales o cuestiones meramente técnicas)

Así sea que me encuentre en un lugar solo por un día o por un año, me gusta alterar la rutina habitual, tomar caminos distintos de los que usualmente tomo. Permitir que algo o alguien decida hacia qué dirección me dirijo, o como, o qué es lo que debo explorar.
Disfruto de indagar en lo desconocido, de buscar distintas experiencias, de estudiar las cosas que no entiendo, y  de abrazar esa falta de entendimiento.

Me gusta perderme en todo tipo de laberintos: en mis propios pensamientos, en el tiempo, en el no saber exactamente a donde voy o me dirijo. También me gusta incorporar la indeterminación como parte de la determinación, preguntar y encontrarme cuestionándome.  ¿Quiero realmente saber a dónde me llevará cada cosa que hago, cada decisión que tomo, cada camino que comienzo a recorrer?

No es fácil, pero creo que es mejor no intentar tener todas las respuestas antes de comenzar a recorrer cualquier lugar que voy. Muchas veces no me gusta leer guías o folletos antes de emprender un viaje. No me gusta sentirme presa del tener que hacer algo por estar en determinado lugar. De esta manera siento que sostengo la pregunta y el no saber, que doy lugar a lo inesperado, que mantengo viva la ilusión de poder encontrarme – o no- con el lugar, tener mis propias primeras  impresiones, de vivirlo a mi manera, para después si, ver lo que se dice de él e intentar sacar alguna que otra conclusión abierta.

Me gusta pensar a los viajes y a esas pequeñas cosas que me cautivan de cuando viajo como un espacio de exploración, experimentación, indagación. Dónde cualquiera de los estímulos que encuentro a mi alrededor, – el lugar, el ambiente, las personas, el idioma, las comidas, los colores-, cambian constantemente.

Creo que vale la pena este intento de conocerme en otros contextos, en mis diversas facetas, en mis roles inexplorados, donde cada cosa que me rodea va variando, de construyéndose y reconstruyéndose día a día.  Todo el tiempo.

"Cuando creíamos tener todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas." Mario Benedetti

“Cuando creíamos tener todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas.” Mario Benedetti

Continuará…