Crónicas de mis días en el hospital (o el lado B de los viajes)

Aunque actualmente la moda pase por mostrar que tan “superhéroes” somos en las redes sociales, la mayoría de los humanos sabemos que no es tan así. No tenemos todo lo que quisiéramos, no queremos todo lo que tenemos, no gozamos tantas amistades como Facebook manifiesta, no estamos sonriendo y sacando pico para las fotos todo el día.

Esto pasa en la vida cotidiana, estando fijos en un lugar o viajando. Viajar no siempre implica estar felices y contentos, ni tirados en una hamaca en la playa bebiendo jugo de coco y con alguien que nos abanique. El viajar no se reduce a eso. Para nada. Y si no me creen, déjenme que les cuente una de mis últimas “aventuras” en este viaje:

Hoy me dieron el alta del hospital de Brisbane. Fueron diez días los que estuve internada y en proceso de recuperación.

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La pulsera láser que identifica a cada uno de los internados dentro del hospital

 Todo comenzó una noche en la que después de haber pasado un par de horas frente a la computadora, decidí ir a dormir. Cuando intenté cerrar los ojos, no podía, sentía mucho ardor, ante lo cual recurrí a la “medicina natural” y me enchufé unos saquitos de té negro en los ojos.

Al día siguiente me levanto y mis ojos no estaban para nada mejor, fui a un medico general de Yeppoon (ciudad más cercana a Emu Park) y me dió con antibióticos pensando que sería una infección pasajera. Vuelvo a ir al día siguiente y me da con antivirales. Ya la tercera vez me derivan al hospital de Rockhampton, los médicos generales me atendieron en emergencia y me dieron una pomada. Al día siguiente, como no sabían de que se trataba, me enviaron derechito al hospital de Brisbane, ya que ahí podía atenderme un oftalmólogo directamente y detectar de una que es lo que tenía. Ante todo esto, imagínense que no habrá pasado por mi cabeza.

Y así es la historia de como llegué a Brisbane. No por la ciudad, sus playas, gastronomía o alguno de sus atractivos turísticos, sino por su hospital.
De entrada me vió la oftalmóloga y me dijo de que se trataba, hicieron los estudios y resultó ser una bacteria que me venía acarreando una infección que lo mejor era detenerla cuanto antes para evitar  consecuencias.
Me tranquilicé cuando supe que los médicos habían encontrado la causa, ya que el “no saber” en estos casos puede llegar a ser devastador.
Una vez pasada la primer consulta, quedé en el hospital bajo tratamiento por unos diez días aproximadamente, y ahí comienza otra historia…

En los momentos en que estuve en el hospital, recurrí a cuanta alternativa tuve a mi alcance para descargar y recargar energías: practiqué distintas formas de respiración, medité, lloré, pensé, recé, jugué, reí, caminé, hablé por teléfono, me empaqué, me solté, me ortivé, me solté, hablé con la gente de ahí, me encerré en mi misma, elongué, ví capítulos de La vida moderna de Rocko, dormí, me enculé, me tranquilicé y volví a hacer lo mismo una y otra vez. Además de todo esto, escribí como era mi día a día en el hospital, incluso aveces haciendo un esfuerzo sobrehumano. Porque estando allí descubrí que la escritura era un efectivo método de descarga para mí.

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La mesita para comer pronto se transformó en mi escritorio. Me serví – como pancho por su casa- de cualquier tipo de hoja que encontrara a mi alcance: desde las del menú hasta las que utilizaban las enfermeras para registrar los progresos y las altas de los pacientes.

Aquí comparto algunas crónicas de mi día a día en el hospital:

Primer día:
A1 (Anotación 1): No puedo creer dónde estoy
A2: Tengo miedo, no sé qué puede llegar a pasar con mi ojo. Pienso: “¿Por qué no el dedo? ¿Por qué no el hombro? ¿Por qué justo la vista?” No sé qué es más jodido que qué, pero en estos momentos pienso en lo importante que es la visión.
A3: No puede ser, cada canción que escucho habla del tema “ojos”, “mirada” y cosas por el estilo.
A4: Ningún minuto pasa desapercibido, me los cuento a todos.
A5: Estar lejos de mi familia en este momento es muy fuerte.
A6: Comenzó el momento novelístico: me estoy enterando de la historia de los pacientes vecinos. El señor de la cama de enfrente que putea y se pelea con las enfermeras, la chica de alado que llora porque con la cirugía no tuvo los resultados que esperaba y la señora en diagonal que no para de hablar sola.
A7: Para distenderme, hoy fui a dar una vuelta por el hospital. Quedé un poco en shock después de ver algunos casos extremos.
A8: La barrera del lenguaje hizo que ya me haga un propio diccionario de bolsillo con palabras como “inflamación”, “hinchado”, “ulcera”, “borroso”, “puntadas”, etc.
A9: oh, cielos! La comida del hospital es exquisita!

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Uno de los platos del restaurant, digo, del hospital.

Segundo día:
A1: Anoche soñé que estaba bien, que veía perfectamente, que tenía los ojos intactos.
A2: Me desperté y pensé: “ojala esto fuese solo un sueño”.
A3: Hoy me pareció que todos los problemas que tuve antes en mi vida fueron insignificantes en comparación a éste.
A4: La distancia no atenúa ningún dolor, los intensifica. Se sienten más las ausencias.
A5: Temo verme el ojo frente al espejo. Trato de evitar espejos, canillas de metal, cucharas y todo elemento en el que pueda verme reflejada la cara.
A6: El cambio de doctores y enfermeros constantemente me exaspera.
A7: La gente (mis vecinos de dormitorio) está empezando a irse y llegan nuevas personas al cuarto. Todos pasan y yo sigo acá. Es mi segundo día y ya pasé a ser “la veterana” del cuarto.

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Fachada de la entrada al baño y a la habitación.

Tercer día:
A1: Reflexiono: La mayoría de la gente es buena. Cada quien da y ayuda como puede. Cada quien contribuye con su granito de arena.
A2: A veces no puedo evitar pensarme como el ombligo del mundo, como si todos deberían estar pendientes de mí ahora. Y caigo nuevamente en la realidad de que el mundo sigue su curso, conmigo intacta, averiada o sin mí.
A3: Descubro que pequeños gestos contribuyen un montón en este proceso de recomponerme.
A4: Me estoy volviendo más tolerante. Ya no pongo cara de orto ni me afecta cuando suena el celular del vecino de alado, cuando hablan fuerte, cuando hay como diez personas haciendo barullo y visitando al de enfrente, cuando cada tanto comienza a sonar algún que otro aparato tecnológico del hospital.
A5: No tengo más ropa limpia. Acá nadie te lava nada, así que empecé a lavarme la ropa a mano en el baño y con jabón antibacterial que por suerte brinda el hospital (tampoco me queda jabón).

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Nótese el detalle de mis prendas secándose con el poco aire que corría.

Cuarto día:
A1: Comencé a ver mejor. Comencé a cantar y hasta me dieron ganas de bailar bachata (¿?). Es un buen signo.
A2: Hoy tuve un inconveniente: un médico diferente me cambió las gotas y eso me generó un poco de pánico. Sigo siendo reacia a los cambios. Tendría que aflojarme un poco.
A3: Siento desde lo más profundo de mi corazón que esta experiencia no es vana, que algo la vida me está queriendo decir. Siento cada día más la necesidad de ayudarme y ayudar (no sé si es por el estado en el que estoy o que).
A4: Veo como la mayoría de los pacientes mira contento al médico cuando éste le pronuncia esas anheladas palabras: “You can go home” (Podés irte a casa) y me pregunto: ¿Seré la única que quiere quedarse en el hospital?. Esas palabras comienzan a tener un tinte amenazante para mí.
A5: La enfermera me acaba de decir: “You are always writing” (estás siempre escribiendo), y me acabo de dar cuenta que es verdad. Escribir comenzó a ser mi forma de catarsis, mi desestresante, mi terapia.

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El clásico cafecito y torta de la tarde.

Quinto día:
A1: Solo deseo salud. Me machaco la cabeza con esta frase. Me acabo de armar una especie de esquemita con los pilares y cosas importantes en mi vida. Nunca antes se me había ocurrido hacerlo.
A2: Después de vivir unos días en este contexto, admito estar inmensamente sorprendida de la capacidad de recuperación del cuerpo humano.
A3: Cada palabra de aliento que recibo me inspira, transmite una fuerza inmensa. Me acuerdo de las palabras de Freud: “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas.”
A4: Por más esté sola en el sentido físico de no tener a nadie en este momento alado mío, eso no logra hacerme sentir sola en el sentido “sentimental”. No estoy sola en este mundo. Afortunadamente. Doy gracias por eso.

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Así se ve Brisbane desde el hospital.

Sexto día:
A1: Siento que mejoro cada día. Ya me imagino estando bien de nuevo. Sonriendo, cantando, bailando, leyendo.
A2: Cada vez que me decido ir a dar “una vuelta” por el hospital quedo impactada. No me canso de admirar el trabajo de los enfermeros.
A3: Hoy el doctor me dijo: “Debe ser difícil estar tanto tiempo en el hospital, debería haber un hospital para gente joven”. Puede tener razón.
A4: Las enfermeras son muy amables y atentas. No me lo esperaba. (Siempre habrá excepciones).
A5: El vecino de enfrente comenzó a buscar a su hijo Jackson, no para de hablar de eso. ¿Será cierto? La señora de alado no para de decir “fuck” y “shit”, ya le conté más de treinta en dos horas, aunque entremedio de vez en cuando se le escapa alguna que otra buenapalabra.

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Mi cartelito =)

Séptimo día:
A1: Ya comencé a usar la bata del hospital para no ensuciar más mi ropa, es una bata color violeta que –por suerte- me queda a tono con las uñas de los pies. ja ja
A2: Cada día el doctor me alienta un poco más. Me dice que estoy mejorando, eso me da un gran impulso a no bajar los brazos.
A3: Anoche dormí con un concierto de ronquidos. Ni que se hubiesen puesto de acuerdo, terminaba uno y comenzaba el otro, toda una sinfonía.
A4: Mis medias están sucias y la enfermera me acaba de dar unas medias anti embolicas (¿?). Ya fue, me las pongo.
A5: Cuando recibo algún mensaje o llamada de apoyo me emociono.
A6: No me voy a cansar de decirlo: la comida del hospital es muy buena. A la mañana temprano te dan una hoja (estilo múltiple choice) y ahí elegís lo que querés almorzar, cenar y desayunar el día después. Y a la tarde pasa la señora que reparte café helado y torta. Claro, cuando vienen a controlar quienes están alimentándose y quienes no, ni se detienen a preguntar si estoy bajando de peso. Ouch!
A7: Hoy me tocó el enfermero olvidadizo. Tuve que ponerme la alarma del celular todo el tiempo para avisarle que tenía que tomar la medicación.

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Anti embolism socks. No quedaba otra.

Octavo día:
A1: No conozco Brisbane, ni un solo edificio de esta ciudad (a consecuencia de estar hace una semana encerrada en el hospital).
A2: La luz del sol todavía me molesta, razón por la cual trato de dormir todo el día, elongar, escuchar música, hablar por teléfono, y cosas que no impliquen tanto a la visión.
A3: Tengo tanto tiempo libre que parece que no tengo tiempo.
A4: Hoy “justo” vengo a leer esto en internet: “Dice un dicho: “¿quieres hacer reír a Dios? cuéntale tus planes”. Y aunque su significado suena obvio, el mensaje es una invitación a aceptar que no todo depende de uno y que hay otros factores que influyen en que algo se realice o no”. Que loco.
A5: Hasta no sé cuándo me quedo acá. Últimamente salgo de cada lugar a las corridas y tan inesperadamente que creo que ya me estoy acostumbrando a este ritmo vertiginoso. Así que si me largan mañana, estaré preparada.
A6: Me hice un par de reglas a seguir a partir de ahora (las entiendo en mi contexto), por ejemplo: *Sonreír cada vez que me levanto, * Acompañar con el silencio, *No armar falsas especulaciones, *Valorar las pequeñas cosas de la vida.
A7: Apuesto a la risa: recién no paré de reírme con una serie de capítulos de “La vida moderna de Rocko” que miré.
A8: El vecino de alado me preguntó de qué me rio tanto. (Ouch!, no sabía que reía tan fuerte). Por suerte es piola y me pidió que le pasé algunos capítulos.
A9: Me acuerdo de una frase de Patch Adams: “Soy el loco que cree que la risa lo cura todo”, Amén. ¡Qué bien vendría un Patch Adams en este hospital!

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Rocko y Heffer. Si me habrán hecho reír!!

Noveno día:
A1: Ya no sé qué fecha es (ni quiero saberlo). Creo que cumplo una semana en el hospital. He progresado bastante desde que llegué, pero todavía no logro ver bien con el ojo izquierdo. Veo borroso.
A2: Hoy me agarré con una enfermera. No tolero que mandoneen y hablen a los gritos. Le dije lo que pude en inglés, respetuosamente, y la putié en español. Por suerte mis puteadas acá nadie las entiende.
A3: Me volví a cruzar con la misma enfermera, pero esta vez fue para reconciliarnos. Me pidió perdón, hicimos las paces ¡y hasta me ayudo a resolver un tema con los rayos x y todo! Ahora somos nuevamente “amigas”.
A4: Hay un enfermero morochito que está más bueno que el pan. ¿Será de muy caradura pasar contactos?  Jaja.
A5: Es mi última noche en el hospital y en el momento justo antes de quedarme dormida pareciera que se le dio a todos los aparatitos y maquinas (de medir la presión, del suero) por hacerme la despedida. Comenzaron a sonar TODOS. A cabo que ni quería dormir dijo el chavo.
A6: A los ronquidos ya me acostumbré. Me conozco todas las variantes. Casi que puedo decir que me convertí en una experta en reconocer ronquidos de distintos tipos. Ya no logran quitarme el sueño, les gané! (No me queda otra tampoco). Trato de pensar que suenan como la lluvia al caer (¿?) para poder dormirme.
A7: Me reencuentro en el baño con esa especie de botella para orinar (no me acuerdo el nombre). Estuvo todo el bendito día ahí, a lado de la canilla para lavarse las manos. Comienza a expandirse un olor horrible, yo mejor me voy a otro baño.
A8: Tarde a la noche, luces del dormitorio apagadas, me dirijo al baño antes de ir a dormir, ocupado. Inesperadamente sale el vecino de enfrente y me comienza a hablar. (Sigue en la búsqueda de su hijo Jackson). De repente me mira fijo y dice en una especie de pregunta con tono afirmativo: “¡¿Jackson está ahí?!” y señala mi cama que estaba cubierta por cortinas. (Si había algo que me faltaba era esto!!!) Y, con un escalofrío que me recorría todo el cuerpo le respondo: “No, Jackson no está ahí” abriendo las cortinas para mostrarle que no estaba en mi lecho. “¿Quiere que llame a la enfermera para que lo ayude?” le digo, y me responde “no, no” y un par de palabras en inglés que no entendí un joraca (maldita barrera del lenguaje, o bendita, ¡bah! ¡No sé!). Después de esta historieta no pude dormir por un largo rato, pensé que iba a volver. Por suerte no volvió. Y así viví mi última noche en el hospital. Cagada.

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Maquina de frutas en el hospital. Novedad para mí.

Décimo día:
A1: Último día en el “hospi” (ya me hice tan amiga que hasta le puse apodo). Hoy la doctora volvió a atenderme (después de dos médicos distintos). Todo va bien, la herida va cerrando.
A2: Armo mi mochila y me doy cuenta que la remera y el short que me voy a poner hoy huelen a jabón antibacterial. Ya fue, a quien le importa, yo me voy.
A3: Me voy a la casa de una chica de Aiesec Brisbane que me va a hospedar. También por Couchsurfing Brisbane me ayudaron un montón. Estoy muy agradecida. La gente es buena.
A4: Creo que esta experiencia está poniéndome a prueba constantemente: en mis reacciones, mi humor, mi estado de ánimo, mis emociones, ante distintas situaciones: ir de hospital en hospital sola, armar mi mochila a último momento, arreglármelas con el idioma y la terminología médica, hacerme compañía, calmarme, arreglar trámites burocráticos con el seguro, las clínicas, volar en avión, tomar un taxi, tomar un colectivo, buscar hospedaje, medicarme, mantenerme. Creo que vivir viajando hace que esté más expuesta a que éste tipo de situaciones me afecten de otra forma, ni mejor ni peor, pero de una manera más “corpulenta” (es la palabra que se me ocurre ahora). Si esta misma situación hubiese sucedido en mi zona de confort, mi forma de tomarme las cosas, mi reacción, no creo que hubiese sido la misma.
En fin, si bien por lo que paso y pasé no son de las mejores cosas que te pueden pasar (esas que por lo general la gente piensa que uno hace al viajar –por ejemplo estar vacacionando-), creo que me están ayudando muchísimo para crecer, ponerme a prueba, quererme.

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Adiós a mi querido lecho.

After hospital (me acabo de inventar este término. Ojo, no confundir con after office =P )
A1: Ya me instalé en la casa de Yingling (algo así se llama) y confieso que me costó un poco el proceso de desinstitucionalización del hospital. Todavía me cuesta desprenderme de sus ritmos: levantarse a las 6am, baño mañanero, 12.3pm hora de almorzar, maquinas, enfermeros a toda hora, 5,30pm cena, señora del cafecito por la tarde, paseos por los pasillos a la siesta, 8pm a dormir,etc). Ahora me doy cuenta que en el hospi me sentía cuidada, protegida, y creo que ese fue el detonante de la gran crisis que pasé ni bien llegué a este departamento. Me costó el cambio, me sentí desamparada, indefensa, vulnerable y con la aplastante sensación de ser independiente a medias, de tener que asumir la libertad y hacerme cargo de mi misma. Costó, cuesta, pero lo estoy logrando.

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Estos dos siempre vienen de visita al departamento y me preguntan cómo estoy hoy. Son tan bonitos!

Freud dijo una vez: “He sido un hombre afortunado en la vida… Nada me ha sido fácil”, y la verdad es que no comparto lo que dijo al cien por ciento, pero si me sirve como especie de consuelo. Si tuviese que elegir, elegiría para nada volver a pasar por este momento, aunque si elegiría pasar por este aprendizaje.

A los porrazos voy aprendiendo que tengo que tomar decisiones todo el tiempo, a percibir las cosas de otra manera, a resolver conflictos de otra forma (si hay algo que tiene la distancia, es justamente el permitirte rotar y remediar las cosas desde otro ángulo). A ser más responsable, a arreglármelas como pueda en dónde pueda, a prestar más atención, a dudar menos, a escuchar más. A confiar más en los otros, a confiar más en mí.
Y me pasa de darme la cabeza contra la pared y decirme “Esto no es como lo pensaba”. Y si, la vida misma me está demostrando cada día que los planes son solo eso: planes y nada más. Lo cual no significa que se vayan a cumplir. Ni tampoco que no.
Estoy poniéndome a prueba en mis distintas versiones, pero sospecho que, al fin y al cabo, solo intento ser la mejor versión de mi misma…

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“Keep Calm and love Australia”, so true.