Querido Pinki

Esta historia comienza un once de noviembre del año dos mil catorce, cuando después de muchas idas y vueltas, decidimos invertir parte de nuestros ahorros en Pinki. ¿Que quien es Pinki? Es el auto usado modelo 96´que compramos junto a Brenda, mi compañera -y ahora amiga- argentina la cual conocí trabajando en Rocky.

Si, lo supimos desde un principio, el auto tenía casi veinte añitos lo cual no era moco de pavo, y corríamos muchos más riesgos a que se rompa que si comprábamos un cero kilómetro pagando unas diez veces más lo que nos costaba Pinki, pero de todas formas decidimos arriesgarnos. “El que no arriesga no gana” dice el dicho, aunque en este caso me permitiría modificarlo por otro acorde a la situación: “el que no arriesga no pierde”.

Perdimos a Pinki. El 29 de febrero fue un día de luto para nosotras.

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Aquí está él. Les presento a Pinki en sus días de estreno. Fuit fuit (silvido de albañil).

Después de unos días de desconsuelo, algún que otro llanto y muchos chistes negros dirigidos a nuestro amado y odiado vehículo (si, lo nuestro con Pinki fue una relación ambivalente de amor-odio), me gustaría hacerle una especie de “carta de despedida”, para que donde quiera que esté, no se sienta tan solo. (¿?).  (Marx se está revolcando en la tumba en estos momentos con mi fetichismo de la mercancía, lo siento.)

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Aquí está él otra vez, pero en su lecho el día de su funeral.

Querido Pinki:

¿Cómo estás? Me pregunto por donde andarás en este momento, ¿será que así como dicen que “todos los perros van al cielo” los autos también irán a descansar allá? ¿O habrás ido a parar a aquel sitio que tanto recitan los antiguos mitos griegos como el hades? ¿Dónde estará tu alma ahora? ¿Dónde estará tu chatarra, digo tu cuerpo, en este momento?. Son muchas las preguntas que me invaden, y lo peor es que no sé si quiero saber la respuesta.

Recuerdo cuando te compramos: “Funciona perfecto” nos dijo aquel buen hombre que te vendió. Y era cierto. Las semanitas que te tuvimos en Rockhampton marchabas perfectamente, aunque debo confesar que te costaban un poquito las subidas, pero nada imposible para vos. Siempre lograbas salirte con la tuya, era solo cuestión de aprender a entender y respetar tus tiempos.

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Brenda y yo entusiasmadas el primer día que te tuvimos.

El poco tiempo que pasé junto a vos hice varios viajecitos cortos a Yeppoon, a Emu Park y dentro de Rocky. Me acompañaste siempre que tuve que hacer mandados al súper, a comprar helado a Hungry Jacks, o a sentarme un rato frente al río en esos sofocantes y acalorados días en Rockhampton. Te doy gracias por eso.

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El equipo matero y vos eran todo lo que necesitaba para hacerme cualquier viajecito.

Pero lamentablemente, así como en la vida “no todo es color de rosas”, tampoco nuestra relación lo fue. Recuerdo aquel 15 de diciembre que nos separamos, los papeles dijeron que ya no podíamos estar juntos (mi licencia de conducir había vencido), nos distanciamos por un tiempo, me fuí a Emu Park a respirar nuevos aires a ver si así reavivabamos nuestra relación.

Verte nuevamente para navidad y año nuevo siendo conducido por Brenda me puso muy contenta,  me demostró que la chispa de lo nuestro seguía viva.

Después de las fiestas, te volví a ver por última vez en Rocky, cuando me fuiste a buscar al hospital y me viste en uno de mis peores momentos: con el ojo en compota. No tuve tiempo para decirte cuanto aprecié el gesto, estaba a las corridas detrás de mi problema de salud.

Ya en Brisbane, no te extrañe en el hospital. Estaba más preocupada por mí que por vos. Supuse que Brenda te estaba cuidando muy bien. Te venció el registro en ese entonces, y me acordé. Me acordé que algo vencía para esa fecha, todavía en el fondo, seguía pensando en vos.
Una vez que el tema fue resuelto y que viajaste desde Rocky a Brisbane junto a Bren, te volví a ver un 19 de enero. Y ahí nos reconciliamos de una pelea que nunca existió. Me agarraron cosquillas en la panza de la emoción de volver a verte, fueron tantos los días que habían pasado entre medio que hasta me pareció que habías crecido, que estabas más grande (así como dicen las abuelas cuando vuelven a ver a un chico).
No sé cómo clasificar al tipo de relación que tuvimos, si de madre a hijo, de abuela a nieto, de novios, de casados, de amigos, de humano a auto, o que. Pero si sé que fue una relación especial. Que se me escapaba una sonrisa de felicidad cada vez que te volvía a ver.

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Mi alegría indescriptible de estar a tu lado.

Quedamos por un tiempo en Brisbane, y en esa semana continuaste (ya habías comenzado con ruidos extraños cuando venias de Rocky) con los ruidos y raras frenadas cada vez que sobrepasábamos los 100km por hora. Como inexpertas que somos, tiramos la hipótesis de que si esperábamos un poco todo pasaría, que solo era cuestión de que descanses y te relajes.

Al día siguiente, en nuestro primer viaje corto a Sunshine Coast, tus síntomas se acrecentaron, y ya fue imposible que pasaran desapercibidos. A continuación de un mal trago que nos hiciste pasar en el medio de la autopista de Brisbane (casi que quedamos varadas en el medio de la ruta), decidimos llevarte de una vez por todas al mecánico.

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En las buenas y en las malas, siempre juntos. Aquí todavía pensabamos que nada nos separaría.

Con la mejor simpatía del mundo llegamos al mecánico y le pedimos que por favor te repare, que algo malo sentíamos que pasaba.

Después de un par de horas, nos llama diciendo que todo estaba bien, que solo faltaba un cambio de aceite y agua, algunos ajustes y que se yo. Te hicieron todos los arreglos necesarios y ese mismo sábado a la noche estábamos sacándote del mechanic.

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“Espíritu de curación”. A esta calco la vi pegada en otro auto viejo y me gustó.

Domingo a la mañana, nos levantamos bien tempranito y nos dirigimos a Gold Coast. Inundadas del inmenso regocijo de tenerte vivito y coleando y con la enorme esperanza de recorrer toda la costa este australiana, tal como lo habíamos planeado. Hasta ahí todo bien, seguiste haciendo un poco de ruidos raros, pero no nos podíamos quejar demasiado de tu comportamiento.

Una vez ya instaladas en Gold Coast, comenzamos a bajar por la Pacific Highway. Nos fuimos deteniendo en varios pueblos pequeños por el camino, hasta que nuevamente comenzaron a prenderse tus lucecitas alarmantes: la de la batería, después la del aceite, y por último la de check engine. Era como si la navidad te hubiese llegado, parecías todo un arbolito navideño con tantas luces.

Al principio nos asustamos un poco, paramos en una estación de servicio y le pedimos a un camionero que nos ayude y chequee si algo andaba mal. Pero después de probar y revisar un par de aparatos, el señor dijo que estaba todo bien. Una vez que escuchamos sus -supuestamente- sabias palabras, decidimos dejarte descansar esa noche en la estación de servicio, dormimos esa noche con vos, y al día siguiente nos levantamos bien tempranito para continuar el viaje.

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El camionero tratando de ayudar. (No pude disimular mi caripela y sonreir para la foto).

Preparamos el mate, las galletitas, compramos un capuccino, y ya estábamos listas para salir a la ruta otra vez. Y por suerte arrancaste, logramos trasladarnos unos diez kilómetros, hasta que nuevamente comenzaste con tus ruidos y olores extraños.

Decidimos frenar alado de la ruta, y cuando quisimos volver a marcharte ya era tarde, tu motor se había fundido y no volviste a marchar nunca más. Ahí fue cuando hicimos el click de que las luces navideñas que se te habían prendido no eran joda, que estabas queriéndonos decir algo. Pero –y es triste decirlo- no logramos entenderte.

Nos hicimos socias del seguro para que nos manden la grúa, nos resistíamos a dejarte tirado por ahí, todavía nos quedaba una mínima esperanza de que te recuperarías.

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“Me gusta estar a un lado del camino fumando el humo mientras todo pasa (…)” dice Fito Paez.

Te llevaron al mecánico, te chequearon un poco, y al instante vino uno de ellos a darnos la indigerible noticia y veredicto final: “Your car is dead” (“su auto está muerto”), con un tono de quien no quiere la cosa.

Tratamos de calmarnos como pudimos y fuimos a caminar por ahí.

Afortunadamente nos encontramos buena gente en el camino que ayudó, no a revivirte, pero si a tratar de resolver las cosas de la mejor manera posible en ese momento de mierda.
Y ahí fue cuando lloramos. Lloramos, no porque te fuiste, sino por la ayuda incondicional que nos brindó la gente en ese momento.

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Pinki, si habremos invertido en vos mirá!!!

Nos costaste veinticinco veces más que el precio al que te vendimos.

Fue la primera vez que compré y tiré un auto en mi vida.

Cuanto lamento que nuestra historia haya terminado de esta manera. Hubiese implorado que el viaje saliera tal como lo habíamos planeado, pero sencillamente no fue así. Y otra vez los planes que se caen, y otra vez que Dios nos carcajea en la cara.

Hasta siempre Pinki. Esté donde esté tu chatarrería, te deseo lo mejor.

Fuiste un gran compañero. Dios te bendiga. 

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Hasta siempre.

Ayelén

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