Volviendo a casa

“Volver a casa es la parte más dificil del viaje; has crecido fuera del rompecabezas y tu pieza ya no encaja” Cindy Ross

“Buenos días, Sras. y Sres. En nombre de Qatar Airways, el comandante “x” y toda la tripulación, les damos la bienvenida a bordo de este vuelo con destino a Doha, cuya duración estimada es de catorce horas, treinta minutos”
Por motivos de seguridad, y para evitar interferencias con los sistemas del avión, los dispositivos electrónicos portátiles no podrán utilizarse durante las fases de despegue y aterrizaje. Los teléfonos móviles deberán permanecer desconectados desde el cierre de puertas hasta su apertura en el aeropuerto de destino. Por favor, comprueben que su mesa está plegada, el respaldo de su asiento totalmente vertical y su cinturón de seguridad abrochado. Les recordamos que no está permitido fumar a bordo.”

Y así comienza mi viaje desde Melbourne, Australia con destino final en Buenos Aires, Argentina.
El viaje duro en total unas treinta y dos horas, increíble.
Despegamos siendo la medianoche de un viernes trece de marzo, y como el famoso “viernes 13” es conocido para algunas culturas como día de la mala suerte, que mejor que tomarse un vuelo de catorce horas para comprobar que tan cierto es el dicho, ¿no?. Y bueno, después de la tanta mala racha que tuve cualquier día común y corriente (domingo 14, viernes 30, etc.) no me quedo otra que pensar que los “martes 13” cobran formas distintas en el calendario de cada uno.
Y volé tranquila, por suerte, y no pasó naranja. Alguna que otra turbulencia, pero sin grandes inconvenientes.

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Primeros pasos en Argentina

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Volviendo a Arg y sus carteles

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Arg y sus paredes escritas con aerosol

No puedo decir que me sentí contenta cuando el avión aterrizó en Ezeiza, ya que fue ahí cuando lloré todo eso que no lloré en las treinta y pico horas de vuelo. Fue raro volver a pisar el suelo argento después de un año. En ese momento fui presa de una gran batalla sentimental. Por un lado la alegría de volver, por el otro lado el bajón (y no solo por dejar atrás el continente oceánico) sino, por volver también.
Entrar al aeropuerto, escuchar un tango de fondo y a mis alrededores hablar un español porteñizado, leer carteles y hacer los trámites burocráticos sin la barrera idiomática me imbecilizó un poco. Mis neuronas, ya acostumbradas a los malos entendidos en cuestión idiomas, comenzaron a hacer un cortocircuito que me impidió comprender instrucciones básicas en mi propio lenguaje. Si me indicaban que el baño estaba “a veinte metros girando a la izquierda”, yo hacia cuarenta metros y rotaba a la derecha. Y así sucesivamente.

Hasta que me arme de coraje y pregunté tantas veces como fueron necesarias hasta dar con el colectivo tienda león que me llevara a Rosario.
No podía creer que ese mismo colectivo que alguna vez me genero tantas expectativas y ansiedades ahora se estaba convirtiendo casi en una especie de “amigo traidor”, boicotero, ese que me llevaba de vuelta a aquella otra realidad que había dejado en Rosario.

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Convivencia rosarina: la chipacera y  la gente que espera el colectivo

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Convivencia de escenas II: el saludo clásico y el que junta cartones en la calle

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Rosario y sus murales, bicicletas y colectivos

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La boutique que resalta en medio de edificios marrones sepia

Rosario
Después de siete años viviendo en esta ciudad y de un distanciamiento de un año, debo reconocer que me volvió a conquistar su toque rustico (¿?) y sus parques, pero ese toque no fue suficiente para evitar que quisiera en ese momento salir huyendo.

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Vieja milonguera

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Costanera de Rosario

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Club mitre y su clásico olor a asado

Comecé a vivirla desde los primeros comentarios en el colectivo: “tené cuidado nena” “cuando te bajes del colectivo decile al chofer que te espere”, “te enteraste de lo que pasó en…?” y “Rosario está cada vez más peligrosa”. Esos dichos fueron mas que suficientes y bastaron para hacerme sentir como la protagonista de una película de terror.
Haciendo un esfuerzo mental por disuadir a mí mente de los comentarios de esa noche, al día siguiente me propuse lo que sería una gran odisea en palabras de aquella gente: salir a la calle…

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Más murales, paredes rayadas, bicicletas y conteiners

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Barcito de colores llamativos en una esquina rosarina

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Casas antiguas pintadas con temáticas futbolistas

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Rosario y más convivencias: un cuatri, un cono y una herreria

Gracias a mi mamá y mi abuela que me fueron a recibir a Rosario y después de una larga charla acompañada de una rara combinación de mates con tim-tams y galletitas Anzac que traía desde Australia, nos tomamos el buque del departamento y comenzamos a recorrer un poco la ciudad.

Mi primera re-impresión de “Ros”, más allá de todo el cariño y amor que le tengo, fue una triste sensación de abandono. No sé si antes estaba tan acostumbrada y no lo veía y lo naturalizaba, o si había incrementado tanto esa dejadez en estos últimos tiempos. Basura por las calles, conteiners quemados y que rebalsaban de bolsas de residuo rotas, incontables caca de perros en las veredas, yogures desparramados por las góndolas del supermercado, frutas viejas en las canastas de algunas verdulerías, entre otras cosas, funcionaron como pequeños signos de alarma que se encendían para que quisiera comenzar a correr.
Pero no desistí, y a pesar de los dolores de cabeza que me ocasionaban el transito caótico y alarmas de autos que sonaban incesantemente a lo lejos, al día siguiente se me dio por resolver un trámite burocrático por el tema de mi título e ir al hospital público a buscar soluciones a un temita de salud.
El primer día que fui a rectorado, el personal de trabajo había pedido licencia y no pude resolver el trámite, así que así empecé: teniendo que volver al día siguiente para solucionarlo. Tuve la suerte de que me quedaba en Rosario unos días más, pero había otras personas que esperaban ser atendidas ese mismo día porque venían del interior y lamentablemente no hubo solución.
Y del hospital solo voy a decir que no puedo creer que en esas condiciones se atienda a la gente. Me dio la impresión de que se venía abajo, y me costaba creer que la salud sea un derecho que el estado brinda a sus ciudadanos. La higiene y salubridad para el cuidado de los pacientes allá habrán quedado, registradas en algún que otro papel burocrático, pero invisibles al día a día de los pacientes que allí asistían.

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Yogures con leche chorreada de fondo en la alacena del super

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Cada fernet con su alarma

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Cocas presidenciales

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Por fin! estantes llenos de yerba!

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Entrada al hospital

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Balcones rosarinos, algunos con bandera

Un par de días después de mi estadía en Rosario, recibo el cálido mensaje del departamento de inmigración de Nueva Zelanda que debía re-hacer los rayos X para obtener la visa de trabajo a la cual había aplicado, razón por la cual al último momento me vi obligada a volver a Capital otra vez.

Capital Federal
Recuerdo el año pasado cuando después de recibirme, nos propusimos con mi amiga ir “tipo turistas” a hacer un recorrido a Capital. Digo tipo turistas porque, la mayoría de las veces, los motivos que me llevaron a esta ciudad fueron de trámites o cuestiones por resolver que solo podían hacerse allí (consecuencias de un país en el que todo se concentra en una capital, me pregunto: ¿y el resto? ¿y el interior?).

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A estos viejitos escuchando opera en el medio de la plaza no me los olvido mas

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A los monumentos enrejados para que nadie se instalara a vivir allí no me los olvido tampoco

Y recorriendo Buenos Aires, me había venido a la cabeza todo eso por lo que Argentina es reconocida en el mundo, de la que tanto me hablaban los surfers que hospedé como los extranjeros que conocía (clic acá para leer un ejemplo). No sé porque Capital me revolvió e hizo revivir todo eso, pero supongo que, así como los trámites de los que hablaba anteriormente solo tienen sede para resolverlos allí, también los atractivos turísticos y la mayoría de las costumbres que tenemos como argentinos, me parecían estar arraigadas allí.
Una sucesión de ideas se me aparecían de manera relampagueante lo que en palabras de extranjeros era mi país (y de lo cual me serví en otro momento para transmitir sobre mi cultura en las clases de español que dicté en la U de Melbourne).

Del futbol al asado. Del tango al chipá.

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Avellaneda- Reconquista
Ni bien termine el trámite en Buenos Aires, me tome un colectivo a Reconquista. Allí me esperaría mi papá en la terminal, que me llevaría al reencuentro con ellas, mis dos perrunas, Lupi e Iruya.
Fue muy emotivo volver, aunque en los primeros días me encontrara preguntándome a mí misma si en verdad me había ido. Fue raro, a pesar de haber estado un año lejos (físicamente) de mi familia y amigos, lo vivía como si siempre hubiese estado allí, como si el tiempo nunca hubiese transcurrido. Supongo que debe ser mi forma de tramitar el “primer shock emocional” (¿?). No sé.

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En el festival folclorico “nuestro canto” de Moussy

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Los vendedores de asado

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Mi comida preferida: asado a la estaca

Recuerdo mis últimos días en Australia, los había estado viviendo con un vaivén de emociones terrible. A veces me levantaba a la mañana como si nada pasaba, y otros días me despertaba llorando desconsoladamente, con una sensación que me oprimía el pecho, por un “tener que” volver que yo misma había decidido y del cual parecía que no lograba hacerme cargo.

Fue raro ver como todo eso que imaginé e idealicé como trágico estando a la distancia se volvió no tan trágico y atenuador cuando lo viví en primera persona. ¿Quizá al llorar tanto acaso me había inmunizado y creado un antídoto para combatir la renombrada “depresión post viaje”? –pensé.
Aunque no tardaron mucho en hacerse presente aquellos llantos de melancolía, de añoranza, esa sensación rara que me sobrevenía estando en Australia sin que la buscase pero encontrándola en cada instante.
A falta de palabras para expresar estas emociones, encontré este articulo de Kellie Donnelly con el que me sentí muy identificada y me ayudó a poner por escrito “eso” que me pasaba (Para leerlo en español hacé clic acá):

“Entonces vuelves a casa, tienes tus reuniones, pasas tus primeras dos semanas viendo a tu familia y amigos, actualizándose, contando historias, recordando, etc. Las primeras semanas eres una estrella de Hollywood y todo es nuevo y emocionante. Y después… todo simplemente se desvanece. Todos se acostumbran a tenerte de vuelta en casa, ya no eres el nuevo objeto brillante y comienzan a llegar esas preguntas: ¿Ya encontraste empleo? ¿Cuál es tu plan? ¿Estás saliendo con alguien? ¿Estás preparándote para tu jubilación? (Ok, quizás esa última fue un poco dramática de mi parte.)
Pero la parte triste es que una vez que ya hiciste todas tus visitas obligatorias luego de estar un año ausente, te sientas en tu habitación de infancia y te das cuenta de que nada ha cambiado. Estás feliz de que todos sean felices y que tengan salud y, sí, de que tengan nuevos empleos, novios, compromisos, etc. Pero parte de ti grita ‘¡¿Cómo no se dan cuenta de lo mucho que he cambiado?!’ Y no me refiero a tu cabellera, vestimenta o nada que tenga que ver con la apariencia. Me refiero a lo que pasa dentro de tu cabeza. La forma en que tus sueños han cambiado, la forma diferente en que ahora percibes a las personas, los hábitos que perdiste y que no extrañas, las nuevas cosas que ahora son importante para ti. Quieres que todos reconozcan esto y quieres compartirlo y discutirlo, pero no hay forma de describir la forma en que evoluciona tu espíritu cuando dejas todo lo que conoces detrás y te obligas a usar tu cerebro a su capacidad real, no en una prueba escrita en la escuela. Sabes que piensas diferente porque lo vives a cada segundo, cada día, dentro de tu mente ¿Pero cómo comunicárselo a otros?

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Te sientes enojado. Te sientes perdido. Tienes momentos en los que sientes que nada valió la pena porque nada ha cambiado, pero luego sientes que es la única cosa importante que has hecho porque cambió todo ¿Cuál es la solución para este lado del viajar? Es como aprender un idioma extranjero que nadie de los que te rodea puede hablar, por lo que no hay forma de hacerles saber cómo te sientes en realidad.
Es por esto que una vez que has viajado por primera vez, lo único que quieres hacer es viajar de nuevo. Le llaman “el bicho del viaje”, pero realmente es el esfuerzo de volver a un lugar donde estás rodeado personas que hablan tu mismo idioma. No es inglés, español, mandarín o portugués, sino que es el idioma donde el resto sabe lo que es abandonar un lugar, cambiar, crecer, experimentar, aprender y luego volver a casa, donde te sientes más perdido en tu ciudad que en cualquier lugar nuevo que hayas visitado.”

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Navegando por el río Paraná

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Postal de un clásico domingo en Reconquista

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La próxima será

Ya después de suficiente mambo, intente reubicarme nuevamente en mi palmera, y tras almuerzos familiares, cenas entre amigos, juntadas para ponernos al día, salidas diurnas, festivales de folclore, entrevistas en radios, reuniones de Couchsurfing, hacer sociales en algunos eventos, ponerme en contacto con la naturaleza en mi querido Paraná, entre otras tantisisisimas cosas, volví a vivir el presente aquí y ahora. Aunque para ese entonces había llegado la hora de partir de nuevo. Allá del otro lado de Argentina, cerca de la cordillera, Mendoza me esperaba. Iba con un motivo, pero sin saber que sucedería luego, ni a donde iba a parar. Iría con mi familia hasta Santa Fe (no sin antes pasar por Esperanza), y de ahí, que el universo ampare y cuide de mí…

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a volar