Preludio de mi viaje a Chile y recuerdos de un breve paso por Mendoza

El treinta de marzo, hace aproximadamente un mes, subí a un colectivo que me llevaría rumbo a Mendoza. Me senté al lado de un muchacho, Ramón, con quien conversé (o conversó) casi todo el viaje, y quien sería de gran influencia en una decisión que iría a tomar. Charlamos de todo un poco, la charla tuvo picos altos y bajos: desde los ingredientes necesarios para hacer una empanada de pino a la realidad política chilena (?).
Desde que comencé a hablar acerca de Chile con él, me empezó a tentar la idea de pegarle una cruzadita a la cordillera. Lo medité primero en silencio, luego lo charlé con él y con otras dos señoras que se colaron a la conversación, que también quisieron hacer sus aportes y recomendaciones. En ultima instancia llegamos a debatirlo entre la mitad de los que viajábamos en la parte trasera de abajo del colectivo. Y después de varias idas y vueltas, la idea de cruzar a Chile comenzaba a instalarse con mas ímpetu en mis pensamientos.
En un momento, justo en el que Ramón divagaba en el porque le eligió un nombre mapuche a su hija menor, suena mi celular. Atiendo. Del otro lado escucho la voz de una señora, quién, entre un tumultuoso ruido de fondo, trataba de darme la buena – o mala- noticia de que quedé seleccionada para un trabajo en Rosario al cual había aplicado un año y medio atrás (sí, un año y medio atrás). Me explicó que recién llegaban los fondos para ese puesto y por esa razón se habían retrasado tanto en la convocatoria, motivo por el cual estaban llamando a personal para cubrir ese puesto justo ahora.
Y ahí fue cuando al mejor modo de los dibujos animados, la duda se apoderó de mi y me sentí con un diablito en un hombro y un angelito en el otro, cada uno susurrándome al oído que es lo que debía hacer y tratando de dar sus argumentos. Era una disputa interna, en la que ambos lados justificaban de la mejor manera sobre lo que debía hacer, pero ninguno parecía reparar en lo que quería. Faltaba un representante que personifique esa posición.

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Carrito en plaza Independencia, una de las principales plazas de Mendoza

Esa noticia fue como un balde de agua fría, y más que servirme para confirmar esa idea que se estaba engendrando en torno a ir a Chile, me sirvió para ponerla en duda y contradecirla.
¿Qué hacer? ¿Cómo debía tomarme esa noticia? ¿Cómo una señal del destino que se atravesó en mi camino justo en ese preciso momento para que opte por esa decisión? O, al contrario ¿cómo una puesta a prueba de mi capacidad de decidir y para que opte por la opción que había pensado antes?
Finalmente, y después de un buen rato, me decidí. Sentí un impulso interno, un escalofríos que me tele-transportaba a una escena en la que la fantasía se confundía con la realidad y veía algo así como un ensanchamiento de mis horizontes (?). Interpreté esa escena como algo que representaba a ese tercer personaje que faltaba que me hablara al oído, ese que encarnaba lo que tenía ganas de hacer en ese momento, y no estaba dispuesta a resignar lo que quería por lo que no sabía si realmente quería.

Finalmente, me convencí de que aquella “puesta a prueba” había terminado por afianzar más mi decisión de ir a Chile, y había sido de suma utilidad para darme la seguridad de sentir que estaba tomando la decisión indicada (para mí). A veces, o la mayoría de las veces, tengo que perder para ganar.

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Acción poética al costado del metrotranvía

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Mercaditos por las calles mendocinas

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Pochoclos, garrapiñadas y algodones de azúcar en Plaza Independencia

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Edificios que al atardecer son ideales para contemplar la cordillera desde la ciudad

Así es que, entre tanto revoltijo interno y cuando menos me lo esperaba, había llegado a Mendoza. El viaje me pareció muy (pero muy) corto. Esas catorce horas se vieron condensadas en catorce minutos en los que se entreabría una bisagra existencial que me trasbordaba a nuevos rumbos…

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Puestito callejero

Llegué a Mendoza por diversos motivos, y “ya que estaba” (esta frase ya comenzó a formar parte de mi vocabulario cotidiano), me quedé un par de días más para recorrerla.

Suerte que existe Couchsurfing, y suerte que me contacté con Jorge, quién fue el primer anfitrión en hospedarme en aquella ciudad. Después de los sermones, ronquidos y las charlas de precalentamiento para entrar en el juego de la realidad mendocina con los que me taladró la cabeza Ramón, me sentía preparada para recorrerla (pero al día siguiente!!!), y con muchas ganas de experimentar que tan cierto era eso que se decía y que ya había comenzado a ser el eslogan de la ciudad: “Mendoza, la más bella”.

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Una ciudad con muchísimos carteles intervenidos

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Y burlados

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Y algunos originales de campañas políticas

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Y otros de algunos que saben hacer negocios

Cuando llegué, Jorge llevaba media hora esperándo con el auto en marcha para llevarme a hacer un recorrido nocturno por los atractivos más turísticos de la ciudad. Yo estaba entre dormida y despierta e intentando hacer un esfuerzo sobrehumano para prestar atención y retener alguno de los datos históricos que él relataba acelerada y apasionadamente  como aquel que está “en su salsa”.

Después de varias experiencias personales de Couchsurfing en las que quien me hospeda es una especie de gurú turístico, me han ido surgiendo muchas preguntas: ¿Cuál debe ser el motivo que lleve a una persona a invertir parte de su tiempo en llevar a alguien que conoce desde hace un par de minutos o un par de días, a conocer los atractivos de su ciudad, a repetir una y otra vez las mismas historias en torno a ellos? ¿Será puro amor al arte? ¿Patriotismo? ¿Soledad? ¿Una carrera frustrada de agente o guía turístico? ¿Ganas de sociabilizar? ¿De hacer amigos? ¿De tener contactos en otro lugar? ¿De conseguir pareja? ¿De pasar su tiempo libre de otra forma que no sea frente al televisor o la computadora? ¿De re-descubrir la ciudad de la mano de un extranjero? ¿Será una de las tantas formas de sentirse útil en el mundo?
Seguramente la respuesta tenga que ver con muchas de esas variantes como así también con miles de otras más, y con la historia personal de cada una de esas personas que amablemente y a su manera se ofrecen a ayudar y contribuir con su granito de arena al universo viajero. Y ese a su manera creo que es lo que hace que esto de viajar con Couchsurfing sea algo especial, que tenga un brillo propio.
Algún día estudiaré más a fondo esta temática. Es algo que me llama mucho la atención.
Y voy a hacer cuadros, gráficas, estadísticas, siguiendo el ejemplo de otro de los anfitriones que me hospedó en la más bella.

Se trata de otro personaje: Gabriel. Cuando me dijo que llevaba en un cuadro de Excel las estadísticas de Couchsurfing no le creí. Hasta que prendió la computadora, abrió el programa y me mostró que tan cierto era.

Detalles de nombres, apellidos, país de origen, país en el que creció, idioma en el que habla cada persona, cantidad de referencias, número de países que visitó y en los que ha vivido, año en el que comenzó a usar la plataforma, qué tipo de mensaje había mandado y si había sido aceptado por él o no, con que frecuencia se conecta a la web, cuando había sido la última vez que esa persona se había conectado, entre otros tantos etcéteras. Esa planilla me dejo boquiabierta en serio.
Había miles y miles de cuadritos, que en el intento de contabilizar absolutamente todo, dejaba a un lado el coeficiente hospitalidad, que no aparecía cuantificado. No pude evitar preguntarme si acaso habrá alguna forma de medir y contabilizar estos tantos factores emocionales que las experiencias de Couch traen aparejadas.
Aquí me fue inevitable rememorar aquel capítulo 13 del principito y el hombre de negocios que lo leo y se me pone la piel de gallina:

− ¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?
− Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo
soy un hombre serio y exacto.
− ¿Y qué haces con esas estrellas? – ¿Que qué hago con ellas?
− Sí
− Nada. Las poseo.
− ¿Que las estrellas son tuyas?
− Sí.
− Yo he visto un rey que…
− Los reyes no poseen nada… Reinan. Es muy diferente.
− ¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
− Me sirve para ser rico.
− ¿Y de qué te sirve ser rico?
− Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.
− ¿Y cómo es posible poseer estrellas?
− ¿De quién son las estrellas? −contestó punzante el hombre de negocios.
− No sé. . . De nadie.
− Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la
idea.
-¿Y eso basta?
-Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante
es tuyo. Si encontraras una isla que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres
el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede aprovecharla: es
tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas.
− Eso es verdad –dijo el Principito− ¿y qué haces con ellas?
− Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez−contestó el hombre de negocios. Es algo difícil. ¡Pero yo soy un hombre serio!
El Principito no quedó del todo satisfecho.
− Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy
dueño de una flor, puedo cortarla y llevármela también. ¡Pero tú no puedes
llevarte las estrellas!
− Pero puedo colocarlas en un banco.
− ¿Qué quiere decir eso?
− Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y
guardo bajo llave en un cajón ese papel.
− ¿Y eso es todo?
− ¡Es suficiente!
“Es divertido”, pensó el Principito. “Es incluso bastante poético. Pero no es
muy serio”.
El Principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de
las personas mayores.

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El chavo del ocho pintado a tiza en una de las plazas

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En la peatonal observé bastantes escenas como ésta

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El lago del Parque General San Martín

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Descanso frente al viñedo

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Siii, se venden mates y bombillas por todos lados!

Detrás del lema que se jactaba de la preciosidad de la ciudad, descubrí que había varias razones que me llevaban a acordar con esa proposición. Ya mis primeras charlas con los mendocinos locales que me hospedaron, así como también la calidez con la que la gente de allí respondía ante cualquier pregunta de desorientación que le hacía, fueron motivos legales para pensar que quizá esa belleza tenía que ver con el trato que los mendocinos le dan a quién no es del lugar. Me dio la impresión que Mendoza había entrenado a su gente más que ninguna otra ciudad para atraer a los turistas. Como si acaso la limpieza, la naturaleza, los andes, la nieve y los viñedos no le bastasen.

Me impresionó lo limpia que encontré la ciudad, luego tuve la oportunidad de enterarme que los mendocinos en sí, se caracterizan por ser muy exigentes respecto a ese tema con los gobernantes locales, lo cual me pareció un gran ejemplo. También creo que se destaca por la cantidad de plazas que tiene, la mayoría muy cuidadas y arboladas.

Los edificios por lo general noté que son edificios bajos, incluso más casas que departamentos, y muchos árboles  regados por lo que llaman “acequias”, que se ubican junto a casi todas las calles y permiten el riego necesario a los árboles.

Otra cosa que me llamó la atención la cantidad de nombres de próceres que tienen las calles. Una misma calle llega a cambiar incluso tres veces de nombre, lo cual complica la tarea de orientación. Especialmente a los distraídos y personas que tendemos a la desorientación. Cuando le pregunte a Jorge porque las calles estaban distribuidas de esa forma, me dijo riendo: “es que en Mendoza sobraban los próceres, y como algo había que hacer con ellos, la solución fue acomodarlos en las calles”.

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Justo esta acequia estaba un toque sucia, pero por lo general no lo están

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Hermosa vista de la cordillera desde la viña

Mi paso por Mendoza me dejó un gusto raro. Pude reconocer en esta ciudad algo distinto al resto de las ciudades de Argentina. No sé si es la combinación del buen malbec, las montañas, los paisajes, sus veredas enceradas, su limpieza y su gente lo que la hace tan atractiva y especial a la vez. No sé tampoco si confirmar o refutar su eslogan identitario de belleza. Sólo sé que, a pesar de ser la tercera vez que la visito, me sigo quedando con ganas de recorrerla.

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Las plantaciones de uva para vino

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Proceso de limpieza de las uvas en las Bodegas Cecchin

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Proceso de maduración del vino. Barriles de Bodegas Lopez

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Embotellado

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Degustación de vino en Bodegas Lopez y …. ¡Salud!