Chile, capitulo 1: Buscando la pega

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Bienvenido a Chile

La idea de mi viaje a Chile comenzó a engendrarse en el camino a Mendoza, como ya lo conté en este post.

Después de tres días de mi llegada a Mendoza, fui directo a la terminal de ómnibus.
Luego de meditar un buen rato acerca de la decisión que estaba a punto de tomar, entré –casi- compulsivamente y por segunda vez al local en el que ya había estado averiguando antes, y le dije al encargado: -“Dame un pasaje para Santiago”- a modo de quien da una orden.
Era mi forma de decidir, era “ahora o nunca”.
Riendo él me contestó: –“bueno, no te noto muy convencida”- (se ve que con mi cara de póker no disimulaba mi estado dubitativo). Y lo compré.
No me lo creí. Hasta que ví el papel impreso, y ahí sí. Me iba a Chile.

Ya estaba en el baile. Tenía que bailar.
El día de viaje estaba designado para un viernes.  Ese día, me levanté temprano y armé el bolso en dos patadas. Tenía un bolso de mano improvisado con ropa para menos de una semana, ya que mi idea era ir a Mendoza y volver, y cuando lo armé no tenía ni idea de lo que podría llegar a ocurrir. Y “así nomá é”: me fuí, con ese bolsito azul, con cierres por la mitad, falseados y una manija que se rompía cada vez que lo cargaba al hombro. Pero me la bancaba, cada vez que tenía que cargar con el bolsito a la espalda, me repetía a mí misma tratando de auto-convencerme: “hay pesos peores”. (¿?)

Tomé el colectivo en Mendoza a las diez de la mañana. Llegué a Santiago a las nueve de la noche. Once horas de viaje para un recorrido que, en teoría, debería ser de menos de seis. Entre papeles en aduana, un camión que volcó en el medio de la ruta y otro no-sé-que-pasó que nos obligó a quedar varados en la ruta, el tramo se hizo interminable.

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Asomándome a la cordillera desde la ventanilla del colectivo

Cuando nos acercábamos a la cordillera de los andes, aquella que separa -o une- Chile y Argentina, me venían a la cabeza preguntas al estilo : “¿Cómo habrá hecho San Martín para cruzar semejante cordillera? ¿Cómo se habrá sentido frente a tanta inmensidad? ¿Con cuanta anticipación se habrán preparado para semejante odisea?” …
Estaba pasmada. No quería dejar de observar ni un segundo a mí alrededor. Me lamenté no haber sacado los pasajes en primera fila. Trataba de no pestañear para no perderme nada. Ese cruce era algo M-A-G-I-C-O, con todas las letras.
Recordé la canción Latinoamérica de Calle 13, y cada vez que, sumergida en mis propias notas y acordes, tarareaba “la espina dorsal del planeta es mi cordillera”, una extraña sensación de escalofríos se apoderaba de mí y recorría mi cuerpo de pies a cabeza.

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Bajando los Caracoles en el cruce de los Andes

Después de las primeras cuatro horas, mi estómago empezó a chillar. No se conformaba con los dos alfajorcitos de maicena y el diminuto sobrecito de café que daban ni bien te subías al colectivo. Fue ahí cuando me di cuenta que no tenía provisiones. Lo único que había llevado era una miserable pera. Esa pera me salvó el estómago en aquel momento, como quien salva una vida. “Cuando hay hambre no hay pera dura”- pensé, y me reí para mis adentros.
Pero la risa me duró poco. Y acá déjenme decirles porque digo lo de “miserable” pera.
Resulta que, cuando tuvimos que pasar por aduana y registrar la entrada a Chile y salida de Argentina en la frontera, los policías chilenos soltaron dos perros con hermosos chalequitos: el de chaleco azul de drogas y el de amarillo de alimentos, que te suelen olfatear hasta lo que no tenés.

Cuando se le prendieron a la cartera de la chica que estaba justo adelante mío pensé: “que feo, pobre piba que te pase esto y te hagan abrir la cartera acá en el medio de toda la gente que te mira como si fuese la final de un reallity show”, “que suerte que no traje nada”.

Pero no traía nada… en mi mochila.

Cuando me hicieron pasar por el scanner el destartalado bolso de mano, no pude creer lo que tenía frente a mis ojos: el mismísimo perro de chaleco amarillo no podía desprenderse de mi bolso. Lo olfateaba tanto que pensé que en cualquier momento se lo inhalaba.
Cagada en las patas como estaba, tuve que abrir el bolso frente a los policías y todo el público que observaba atónito quien se iba de la casa de gran hermano; y, tratando de esbozar -con la voz entrecortada y el temblor de piernas- un: – “yo no llevo nada”, exactamente ahí fue cuando el perro se prendió a la bolsita vacía en la que llevaba la pera que había comido unos minutos antes.

Resulta que el olor y algunos restos de aquella miserable pera, habían quedado impregnados en la bolsa. Los policías entendieron que se trataba de eso, me hicieron tirar la bolsa a la basura y me dejaron pasar.
Después de ese momento de mier, quedé tembleque por un buen rato, y el estómago no volvió a chillar más. La miserable pera resultó ser un alimento más que suficiente para todo el viaje.

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A éste pobre perro (que no es el de los policías) le habían pintado cejas, me dio una cosa

Cuando pisé Santiago por primera vez, lo primero que hice fue ir en búsqueda de Cambio de dinero.

1 Peso Argentino equivalía a 40 Pesos Chilenos, 1 Dólar Americano a 620 (cambio en abril 2015). Lo primero que me salió cuando me percaté de semejantes números fue: “Chuta” (miecole), al mejor estilo chileno. ¿Cómo iba a hacer con esos números? ¿Acaso tenía que andar con una calculadora para todos lados? Ya me imaginaba yendo a comprar un chicle con calculadora.
Hasta que una chica de Argentina que conocí en el bus me advirtió: -“hay una regla que sirve para transformar cualquier precio en pesos chilenos en pesos argentinos, es fácil, le quitas los dos últimos ceros y multiplicas los primeros números por dos. Por ejemplo: si una gaseosa te cuesta 3000 pesos chilenos, seria 3000= 30 x 2= 60. Te costaría unos 60 pesos argentinos”. ¡Genial!, ya tenía a mano una técnica que me salvaría en más de una oportunidad. El tema era que mi cabeza aún seguía funcionando con el cambio australiano. No había alcanzado a adaptarme al cambio argentino que ya estaba pisando Chile, y debo decir que los precios que veía en Argentina me resultaban exorbitantes ni bien llegué. No sé si era que había aumentado todo tanto en un año o que el mismo choque post-viaje me hacía ver todo exagerado, pero todo me resultaba caro. Por lo tanto, y después de saber esa regla, le agregué la propia: al 60 le quito un cero y me quedan aproximadamente unos 5, 6, 7 dólares australianos (ojo que no dije 6,7,8 jaja). ¡Aaahora sí!

Ni bien llegué a Santiago, tomé el metro (subte) que me dejaría cerca del departamento de Andrés, quien sería mi host de Couchsurfing en mis primeros días en la ciudad. Ese mismo día me enseñó a hacer michelada ( y comencé a conocer un poco sobre (además de bebidas) artistas y gustos musicales de los santiaguinos.
Acá van algunos links recomendados -por un chileno- sobre música:
Cristobal Briceño  (Rock)
Javiera Mena (Electro pop)
Juana Fe  (Mezcla ritmos populares latinoamericanos como la salsa y la cumbia con el jamaicano ska y la rumba)
Manuel García  (Folk, Rock)
Chico Trujillo  (Cumbia, Bolero)
Joe Vasconcellos  (rock latino, con influencias de la fusión latinoamericana y la música popular de Brasil)

Para más música Chilena:
La Vitrola.cl 
(La Vitrola.cl es un sitio chileno dedicado a la documentación y difusión de videoclips en vivo y unplugged, en una toma y sin cortes, de músicos nacionales y extranjeros tocando en lugares que no sean un clásico escenario)

Al día siguiente Andrés hizo de guía y me llevo por varios lugares de Santiago, entre ellos, el mercado central (yo que venía acostumbrada a ver sólo el atún en lata). Dónde me sorprendió la forma en que come la gente allí. Si el olor a pescado para mi ya es fuerte, imagínense comiendo en medio de los puestos de pescado crudo y con un río de pescado descongelado que te corría muy cerca, casi al lado. Increíble, pero lo logré. Es más, yo que era la del clásico “a mi dame solo rabas porque el pescado de mar no me gusta”, ya había comprobado que no tan cierto era eso un tiempo atrás y esta vez no me iba a echar atrás. Quise probar el plato típico del que me hablaron tanto los chilenos: paila marina.
(La paila marina es un plato en la cocina chilena compuesta de una mezcla de mariscos locales (almejas, choritos, navajuelas, machas, picorocos, piures, etc.), pescado (congrio o salmón), vino blanco, caldo de pescado y especias que se sirve caliente).

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He aquí la famosa paila marina

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Así se come, con el riachuelo al lado

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Uno de los puestos del Mercado Central con sus bichos raros (algunos vivos) en exposición

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Al parecer el marketing consistía en poner una pata de pollo entre los pescados, aunque no lo crean, atraía al público

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Algunos de los platos que ofrecían los restaurantes

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Me llamó la atención los nombres raros… Bife “alo pobre” ¿?

Ese día Andy me propone: -“¿qué tal si vamos a dar vueltas en moto por Santiago de noche?”. Me quedé muda. La idea me cautivaba, pero me daba un poco de “cuiqui”. Así que después del par de sermones y pseudo- instrucciones de cómo debía manejar la moto conmigo atrás que le dí a Andrés, por fin salimos a pistear las rutas chilenas…

Por suerte era fin de semana largo y la gente de Santiago por lo general no esta en la ciudad, van a la costa o a algún otro lugar de paseo, lo cual me hizo sentir mas tranquila, ya que no había tanto tráfico y todo estaba muuucho más calmo.
La adrenalina que sentí fue emocionante, el viento pegándome en la frente (con casco y todo), el ruido del escape, la velocidad, la ciudad de noche, sus recovecos, quería poder traducir todo eso en postales, en algo tangible, que quedase impreso, palpable. Como sí materializar aquel momento me diese la seguridad de poder conservarlo para siempre.

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Paseo atipico por Santiago de la mano de “la nave” jaja

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Mi perfil motoquero. Si hay cagaso, que no se note…

Cuando se me ocurrió ir a Chile, nunca premedite por cuanto tiempo quería quedar allá. Es por eso que el pasaje de vuelta lo dejé abierto, cosa de poder tener cierto margen de libertad para manejarme sin contratiempos. Me interesaba conocer el país, pero no quería hacerlo muy “de pasada”. Quería asentarme unas semanas, habitar por un tiempo por lo menos en alguna ciudad chilena, vivir el día a día allí, con sus pros y sus contras. No quería que mi paso por Chile se resumiese en un par de selfies con los atractivos turísticos más reconocidos. Quería algo más.

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Bellisimo él, el Barrio París. Pero eso no me conformaba

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Construcciones simétricas en Barrio Brasil, eso tampoco.

Entonces, me puse a averiguar qué es lo que temporalmente podía hacer ahí y que me permitiese trabajar, ahorrar, conocer más a fondo la ciudad, su gente y sus costumbres, en fin, vivir Chile de otra forma. No tenía en claro a qué ciudad ir, hasta que activé y me puse en “modo rastrillaje”. Comencé a mandar mails, y como quien juega a la quiniela, estaba abierta a lo que salga…

Después de un par de horas de tomarme el trabajo de escribir mails, recibo una respuesta positiva que me ilumino la senda: en un hostel de Santiago estaban necesitando a alguien.
Fue así como, al tercer día de mi estadía en Santiago, comencé a trabajar en Kombi hostel a cambio de alojamiento, desayuno, lavado de ropas, y unas cuantas experiencias de enriquecimiento personal.

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Atendiendo en Kombi

En el hostel descubrí algunas de mis facetas que desconocía hasta el momento, como por ejemplo mi “faceta barwoman” atendiendo en el bar y sirviendo piscola a los mismísimos chilenos. Una bebida que ignoraba por completo se transformó, sin que me diera cuenta, en mi caballito de batalla. [Entre paréntesis: Me hizo acordar a cuando fui contratada como instructora de ski en aquel viaje de 2011 a Estados Unidos, no sabía ni como se ponía una bota de ski y tenía que dar clases (¿?) (todavía recuerdo mi caripela el primer día que me pare sobre esas tablas en la nieve, inmóvil de pánico -y para no caerme-, preguntándome -¿¿¿Cómo se supone que voy a enseñar a esquiar así???)].

Pero eso, como varias cosas en la vida, se puede aprender. La plasticidad neuronal y la capacidad física psíquica del ser humano son tan amplias! …y sin embargo tantas veces no logran vencer a los miedos. Miedo a no ser capaz, miedo al ridículo, miedo a que me vaya mal, miedo a tantas cosas…

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Cosas que uno encuentra caminando por ahí…

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más cosas…

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y más…

Además de armarme de coraje, también armé camas, limpié, preparé el desayuno, atendí en la recepción, hice reservas, check in y check outs, y saturé al máximo a mi cerebro con las matemáticas. Recibir pagos en pesos chilenos o en dólares americanos y tener que dar vuelto en pesos haciendo la conversión, era como resolver esas ecuaciones llenas de “x” de la secundaria. “A lo que te paguen en dolares lo multiplicas por 620 que es el cambio de hoy y a eso le restas o sumas cuantas noches se queda menos el 15% que pagó adelantado en la reserva…”. Ya está, me dije, esto puede trastornar a cualquiera.

Entre otras de las tantas experiencias en aquella pega (un modismo chileno para hablar del trabajo), viví en carne propia lo que es conocer y despedir a una persona en el mismo día.  Llegaban momentos en los cuales confundía nombres extranjeros, al francés le decía Raul y al mexicano Jean Pierre, mezclaba historias, no recordaba a quien le había contado que cosa y quien me había contado que. A veces las despedidas se hacían duras, otras veces no veía la hora de que alguno se vaya, miles de veces necesité un espacio privado y en silencio donde poder estar sola con mi alma, y otras pocas necesité del bochinche hostelero. Recuerdo aquel día que quise ponerme a garabatear y lo único que me salió fue: “Me cuesta concentrarme y sentarme a escribir lo que me pasa con Chile. Estoy en el medio del barullo del hostel y la verdad es que acá sobran los estímulos que incentiven más a la parranda colectiva que a sentarse a escribir o leer siquiera un comic de mi libro fome”, un chasco.

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El libro de comics e historietas que compré en mi intento de entender a los chilenos =S Dudo en recomendarlo.

Pero bueno, -y acá se me termina la inspiración-, la experiencia del hostel, con sus momentos buenos y no tanto, debo admitir que me gustó.

Ahora quiero contarles un poco a través de foto-relatos acerca de lo que viví a lo largo de mis semanas en Santiago, pero no lo hice en éste post porque se me hacía interminable. Es por eso que éste tiene su continuación en el siguiente: “Chile, capitulo 2: Ya po, Santiago según esta weona” , en el que cuento acerca de las impresiones que me llevé de Santiago. Te invito a leerlo haciendo clic acá!

Nos vemos en un clic!