Chile, capítulo 4: hola y chau, Viña

Pensar a los viajes como algo interminable me genera cierta incomodidad y me angustia. Debo imaginarles un corte para que comiencen a cobrar otro sentido para mí. La idea de infinitud me agobia.
En Estados Unidos y Australia, tenía mi pasaje de vuelta a Argentina, lo cual me obligaba (seria como una obligación “elegida”) a pensar en un fin de algo y en el comienzo de otra cosa. Pero cuando estuve en Chile, al ser un viaje improvisado, así como no había planeado ninguna fecha de ida, menos que menos tenia pensada una fecha de vuelta (o de fin de Chile, lo cual no necesariamente implica una vuelta).
Fue así que, después de casi un mes en el país, decidí que debía ponerle un fin a ese viaje.
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Tic tac, tic tac, tic tac

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El “detrás de escena” del famoso reloj de flores en Viña: lleno de turistas fotografiándose.

Antes de partir, quería ir a Viña del Mar. Sentía que ese lugar me llamaba de algún modo, sospecho que su cercanía al pacifico tenía algo que ver. Hacía ni dos meses que me había despedido del océano pacifico allá en Australia, y, como si fuese una relación amorosa, todavía seguía pensando en él, quería volver a verlo. Aunque fuese del otro lado. No importaba. Viña del Mar me mandaba señales, me llamaba silenciosamente, me convocaba a su manera.
Así que le dí fecha y hora a mi cita: iría a Viña a reencontrarme con mi amado océano pacifico un domingo de mediodía. Pasaría parte de la mañana con él y volvería a la tarde, en esos momentos en que la tarde de domingo se me vuelve melancólica y depresiva, y pasaría toda la tarde junto a él.
Y así lo hice.

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DSC03594Una vez sentada frente a él, me puse a dibujarlo. No sé por qué no foto y sí dibujo. Se me activó el rol “Ayelén, la dibujante” de repente y empecé a garabatear al mar. Después de esbozar una línea horizontal, seguí por las olas, los barcos, las personas allí reunidas, los animales, la arena.
Luego quise concentrarme en captar los detalles más minimalistas, aquellos que a primera vista parecieran sin sentido, los más nimios, y así fue que me concentré en los gestos y expresiones faciales de las personas y traté de imaginar posibles diálogos entre ellas:
¿De que podrían estar charlando? ¿Qué las inquietaba? ¿Cómo habrá llegado cada una acá, por qué medios? ¿Qué motivo las habrá llevado a encontrarse justo ahí y no en otro lado? ¿Por qué frente al mar? ¿Por qué en Viña y no en Valparaíso, Isla Negra o cualquier otro lugar del mundo?
Trataba de imaginar cómo los distintos puntos convergían en Viña: el grupo de amigas allí reunidas, la pareja sentada sobre la piedra que tiraba cascotes al mar como pidiendo deseos, los abuelitos que paseaban de la mano intentando tocar el agua helada de un mar que los congelaba en una imagen cada diez pasos que daban… eso de imaginarle historias a la gente me entusiasmaba.
¿Cómo era posible que todos nosotros nos encontráramos en ese preciso momento compartiendo un mismo escenario? “Es la vida misma”, -pensé. Y no pude dejar de inquietarme al imaginar en cómo ésta nos cruza y des-cruza constantemente…
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Ya lo dijo Kevin Johansen: “Qué lindo que es soñar! Soñar no cuesta nada. Soñar y nada más… Con los ojos abiertos. Qué lindo que es soñar! Y no te cuesta nada más que tiempo…”
Que lindo que es soñar, pensar, imaginar historias, delirar, “volarsela”. Aunque sea por un rato.

Ojalá nunca nos falte.

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yayyy, chau pacifico :´(

“Si por casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el techo de mi ropero”.
 Oliverio Girondo