Ay celeste regalame un sol!

Camino a Uruguay

“Si de nuevo me tocara
elegir para nacer
elijo el sitio escondido
tan chatito y tan perdido
que en el mapa no se ve”

Daniel Amaro

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Después de planear, cancelar y re-planear este viaje, al fin me decidí. Y, sin terminar de comprender si es que acaso era el país el que me convocaba o yo quien me sentía convocada por él, me lo auto-decreté: iría a Uruguay.

Así fue como lo que se conoce como “un viernes cualquiera” dejó de ser cualquiera para mí. Se convirtió en el día en el que dí origen a mi meditado viaje a Uruguay, en el que le di alas, materialidad a esa idea y la puse a volar… Así como una vez leí en un baño de Melbourne: “Don´t tell people your dreams. Show them”, no quería seguir contando que era eso que anhelaba hacer, quería hacerlo y listo.
Ese viernes 29 de Mayo a la noche tomé el colectivo que me llevaría de Avellaneda, Santa Fe, hasta Retiro, Buenos Aires.

En ese viaje sucedió algo que nunca antes me había pasado: la primer parte del recorrido no tuvimos inconvenientes, el problema surgió a las 2:30 de la madrugada del sábado: estaba durmiendo plácidamente en el primer asiento del ómnibus cuando de repente siento un ruido muy fuerte, de algo que se había roto. No se escuchó a nadie hablar ni hacer comentario alguno, terminé creyendo que era mi imaginación o había estado soñando alguna cosa rara. El colectivo siguió andando, como si nada. Hasta que en un momento el coche se frena y viene corriendo un pasajero de la parte de atrás, el chofer baja en un bar, trae unos cartones gigantes y sube junto al pasajero dirigiéndose a la parte trasera del bus. Ahí comenzó la conmoción. Habían tirado dos ladrillazos a las ventanas del colectivo desde la ruta con el objetivo de frenarlo y robar, el chofer no se había detenido para evitar que esto ocurriera, y terminó frenando en un bar que encontró a unos cuantos kilómetros del lugar “de los ladrillazos”. Viajamos un buen rato con ventanales de vidrio que se caían a pedazos, y fue ahí cuando me di cuenta que no había estado soñando.

Quede pasmada, no sabia cómo reaccionar, nadie decía nada. De un momento para el otro, parecía que a todos ya le había pasado una situación similar anteriormente: –“a mí la semana pasada me rompieron el parabrisas del auto”, -“lo mismo que pasó la otra vez”, -“faa, yo que tengo que estar en Buenos Aires antes del mediodía no voy a llegar, siempre lo mismo”- y comentarios de este estilo eran los que resonaban a mi alrededor. ¿Acaso había comenzado a ser “normal” que esto sucediera en las rutas?.  De los siete años que llevaba viajando de Rosario a Avellaneda y viceversa, nunca me había ocurrido algo así. ¿Qué tan cotidiano había comenzado a ser esto? ¿Me había “desacostumbrado” a este tipo de situaciones? ¿o justo me había sentado al lado de personas un poco sarcásticas o con la eventualidad de que ya estaban familiarizadas con los ladrillazos?

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En el cómodo barco, rumbo a Colonia del Sacramento, Uruguay. No me enteré en que momento comenzó a moverse.

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Primeros pasos por Colonia. Esta fue la única vereda colorida que vi. El resto fue pueblo y  parte de la ciudad histórica en color sepia.

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No me pregunten por qué, pero me dio la sensación que Colonia pedía a gritos no ser olvidada…

Colonia del Sacramento
Una vez llegada a Retiro (y después de tanto taladreo de cabeza con el ringtone del celular de uno de los pasajeros que sonaba al ritmo del: “te pido de rodillas…” de Enrique Iglesias), tomé el ferry que me llevó de Buenos aires a Colonia del Sacramento, Uruguay. En el barco me sorprendí cuando conocí a varios extranjeros que cruzaban a Uruguay por unas horas solo para retirar dolares (debido a las complicaciones en retirar dolares en Argentina). No era la primera vez que me encontraba con una situación así, recuerdo en el colectivo cuando iba a Chile haber escuchado una historia similar. En fin…

Para mi sorpresa, Colonia era un pueblo como cualquier otro, con un pequeño detalle (utilizado como recurso turístico) que lo diferenciaba del resto: su historia.
La antigua Colonia del Sacramento (declarada patrimonio de la humanidad en 1995) fundada en 1680 por Portugal, fue un enclave comercial y militar protagonista de una controversia histórica entre España y Portugal. Por aquí estuvimos junto a Karen, caminando sobre los pocos testimonios arquitectónicos de esta ciudad de riquísimo pasado histórico.

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Detrás de la conocida “calle de los suspiros” se esconden varias leyendas: una de ellas cuenta que se trataba de un paso por donde los esclavos sentenciados a muerte eran llevados para ser fusilados ( y en ese trayecto daban su “ultimo suspiro”). Otra habla de que en ella vivían las prostitutas de la época. También se dice que dado que la calle está en pendiente, cuando el viento sopla, se escuchan silbidos que semejan suspiros. Creer o Reventar.

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Hay una diferencia entre las casas portuguesas y españolas: las portuguesas son mas bajas, con techos construidos en base a “musleras” (tejas fabricadas tomando el molde del muslo de una persona), y a base de piedra. Las españolas, en cambio, son de techos planos, ventanas altas y paredes lisas.

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Debido al largo plazo transcurrido para que Colonia fuese declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco, las construcciones antiguas se fueron echando a perder y consideradas viejas y obsoletas. Hoy, ya siendo otra la concepción predominante, se pueden observar intentos de conservar estas construcciones antiguas incluso dentro de casas “modernas”.

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Casa portuguesa

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Casa española

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La plaza de toros se inauguró el 9 de enero de 1910. Es la única plaza que se mantiene en Uruguay y fue erigida con un estilo muy similar a las plazas de toros de España. El lugar funcionó dos años consecutivos, hasta que en 1912 fueron prohibidas las corridas. En la actualidad se encuentra en ruinas y no se puede ingresar a la misma por riesgo de derrumbe.

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En 1943 la Plaza de toros pasa a manos del Municipio de Colonia. De esta manera, comienza el descuido que culmina con el abandono del complejo, el cual es hoy un edificio en ruinas que ha sufrido varios saqueos en su estructura.

En Colonia tuve la suerte de que me hospedara Karen vía Couchsurfing, que además de ir a buscarme a la terminal de ómnibus, me llevó a recorrer buena parte de la ciudad en moto y caminando.

Ambas me parecieron formas interesantes de conocer la ciudad.

En moto: el ritmo, los sonidos, el clima, las luces, los colores, la velocidad y el compás con el que se mueve la gente parecieran intensificarse con el viento frío que choca en la cara.

Caminando: si bien el ritmo se desacelera, se pueden apreciar mejor mínimos detalles haciendo uso de los cinco sentidos. Se pueden escuchar conversaciones y distinguir los acentos bien de cerca , manipular, palpar, sentir a través del tacto las diversas texturas de lo que un mercado o lo que la calle tenga para ofrecer.

Curiosear, olfatear, oler la naturaleza que nos rodea, los locales a donde entramos, saborear lo que un país tiene para ofrecer, mirar y no dejar de apreciar cada color, cada detalle, cada pormenor, como si cada cosa que tengamos frente a nosotros fuese un cuadro pintado en el que las pinceladas esconden una historia, una leyenda, una ficción…

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Ahí fue cuando descubrí cuan cierto era el mito y comprobé que los uruguayos toman muuuchisimo mas mates que los argentinos! (la mayoría esta con su termo bajo el brazo) Hermoso.

Montevideo

“al sur, al sur, está quieta esperando Montevideo” Mario Benedetti

Yendo a Montevideo desde Colonia, percibí que los paisajes a lo largo de las rutas eran muy parecidos a los de Argentina, sin embargo le encontraba un “algo” que los diferenciaba…
Había vacas, molinos, árboles de distintos tipos, campos sembrados, palmeras, pasto, pastizal, sequía, cielo azul, algunas nubes, ruta, cables y todas esas cosas que encontraba en las rutas argentinas. Pero a mí me daba la sensación de que nada era igual. “Debe ser porque este viaje recién comienza, y, como muchas cosas en la vida, los principios tienen esa química especial”– me dije a mi misma, en un intento de explicar este curioso fenómeno…

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Edificios clásicos de Montevideo

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El río en Montevideo

Y me dí cuenta que esa sensación no aparecía solo en mi camino hacía Montevideo, sino que se extendía al país en sí. Uruguay me generaba ambigüedades constantemente. Era similar pero distinto a la vez.
Los uruguayos tomaban mate como los argentinos, pero excesivamente.
En Colonia me sentía como en mi ciudad, pero con turistas por todos lados.
Si prendía la radio, sonaba música argentina; si miraba tele, pasaban programas argentinos (aunque con algunos programas uruguayos de por medio); si leía una revista, era una revista argentina o con personajes argentinos en la tapa.
El castellano sonaba igual al español rioplatense argentino y el lunfardo era casi el mismo, con algunas palabras que desconocía hasta entonces como: gurisa o chiquilina (para referirse a una chica), gurises o chiquilines (chicos), le decían pancho o frankfurt a la salchicha, y utilizaban muletillas como el “ahí va”.
Tienen yerba, mate, dulce de leche y asado, pero la yerba tiene menos palo, el mate es más grande, el dulce es más dulce y la carne es menos carne. ¿?

Los productos del supermercado eran casi los mismos que en Argentina (tanto que si uno de estos supermercados estaría en Argentina no alcanzaría a percibir la diferencia), pero a las salchichas las venden con mostaza, había un postre de queso y membrillo llamado Martin Fierro que se repetía en varios estantes, los alfajores venían con envoltorios de equipos de fútbol que desconocía: Peñarol y Nacional, entre las bebidas había una llamada Grappamiel, el vino clásico uruguayo era el tannat y en la verduleria en vez de batata decía: boñato.

Además de que -por momentos- Uruguay y Argentina se me confundiesen, también Montevideo me parecía muy similar a Rosario, ciudad en la que viví mis últimos siete años en Argentina.

Casas, veredas, calles, construcciones, gente, costumbres, horarios, tradiciones… Con la diferencia de la costa. En Montevideo la vida de la ciudad giraba en torno a la costa, siguiendo al río.

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En Uruguay, el candombe y la murga uruguaya, que tienen su apogeo en el carnaval, son un clásico que se presenta en distintos lugares en cualquier época del año.

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Los muchachos de “Lonjas de Atlantida” en la previa, cuando calentaban las lonjas para salir a “candombear”

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Una de las tantas vestimentas de la murga uruguaya

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Agárrate Catalina, una conocida murga uruguaya (ver vídeo aquí)

Si bien Rosario y Montevideo en algún punto me sonaban a “el mismo perro con distinto collar”, en el fondo sabía que no era así y me parecían hasta incomparables.

Rosario, para mí, está llena de memorias, recuerdos, historias, despedidas, bienvenidas, anécdotas y sentimientos en cada rincón. Cada calle, avenida o boulevard por el que camino me trae recuerdos de cualquier tipo. A Montevideo, en cambio, la encontré vacía de historias. No logré encontrarme allí.
Si bien muchas veces depende de cada uno llenar de historias a las ciudades, podría decirse en mi caso que tuve un des-encuentro con Montevideo, se parecía tanto a “mi” Rosario que, en el fondo, eso no le quedaba bien. La hacía desencajar.  Esa comparación era odiosa y no la terminaba favoreciendo.

Pero, en fin, se hace lo que se puede. Muchas veces uno no elige a que ciudades querer. Y tampoco siempre las ciudades eligen a uno. Con las ciudades pasa como con los amores. Montevideo fue un amor no correspondido.

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En el Mercado del puerto de Montevideo se come así

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Este lugar es un sitio no apto para vegetarianos, después de esto comprendí por que dicen que en Uruguay hay tres vacas por cada un uruguayo

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Cualquier lugar es digno de una buena parrillada

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En otros lugares de Montevideo se come así. El Chivito es un plato tipico. Chiviterias si las habrá!

Rastreando los pasos de Galeano por Montevideo:

“Aquella noche me di cuenta de que yo era un cazador de palabras. Para eso había nacido. Esa iba a ser mi manera de estar con los demás después de muerto y así no se iban a morir del todo las personas y las cosas que yo había querido”.  

Eduardo Galeano

Después de preguntar tanto (un librero llego a confesarme: –“¿sabes cuantos venían a preguntarme a donde podian encontrar a Galeano cuando estaba vivo? muchos.  Y a eso multiplicalo por todas las librerias de Montevideo. Ahora ya no viene nadie”-), al fin fuí a dar con este lugar: Café Brasilero. Gracias a esas casualidades de la vida justo cuando entré al lugar se desocupa la mesa en la que Galeano se sentaba a tomar su cortado y escribir. Inmediatamente coloqué mi mochila (que sale de figureti en la foto) para reservarla. De más esta decir que me instalé ahí y, mientras temblaba de emoción de saber que ese era su rinconcito en Montevideo, bombardeaba como podía a la moza con preguntas…

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Según la moza: “al principio venía a escribir, después se enfermó y a este lugar vino solo a “hacer las tareas” según sus palabras. La gente le dejaba pila de libros para que se los autografiara y ya solo venía a firmar”.

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Galeano tomaba un cortado, pero en el bar quisieron homenajearlo y le preguntaron si quería que se hiciera un café con su nombre. El dijo que si y asi surgio el “cafe Galeano” hecho a base de crema, dulce de leche y amaretto, y que, por supuesto, cuesta tres veces más que otros.

Ciudad de la Costa
Llegué a Atalantida, destino que no estaba en mi itinerario, porque justo había conseguido quien me hospedara allí. Y menos mal que fui!- me digo ahora. A pesar de que en el primer día que llegué a la ciudad el clima no estaba de lo mejor (lloviznaba y cortaba constantemente, nublado, calor, humedad, bien gris, de esos días en que solo da para quedarse en cama), Luci, mi host, me llevó a conocer varios lugares, entre ellos: un águila (conocido atractivo turístico de la ciudad, después me iba a enterar del significado nazi que escondía), unos departamentos en forma de barco, un lago que nace del Río de la Plata y el centro de la ciudad.
En Atlantida todo estaba demasiado calmo. Al ver tanta desolación, no lograba dejar de preguntarme: ¿será mejor descubrir una ciudad en lo que se conoce como “plena temporada”, o, al contrario, en “baja temporada”, cuando ya no hay turistas -ni tanto movimiento- y se puede tener otro tipo de contacto con lo local y por lo tanto sentirla de un modo diferente? ¿Cuándo, cual será el momento propicio para establecer un contacto “más profundo”, en que sea posible descubrir la “esencia” de cada lugar? ¿habrá una esencia de cada lugar?

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La ciudad de Atlántida fue fundada en 1911, pero su población aumentó recién a partir del año 1939, cuando el italiano Natalio Michelizzi compró el total de las tierras que aún no estaban urbanizadas y poco a poco fundó los primeros hoteles de la zona. Eran tiempos en que Europa vivía su peor guerra y por ese entonces tanto la ciudad de Montevideo como la vecina Buenos Aires resultaban ideales para recibir inversiones del viejo mundo que querían huir de la guerra.

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Natalio comenzó a desarrollar en Atlántida parte de lo que lo había fascinado en Europa. Una de sus creaciones es la obra El Águila, una estructura de piedra con cabeza de águila y cuerpo de delfín que actualmente es visitada por todos los turistas que llegan a Atlántida.

Al segundo día, el sol salió e iluminó Ciudad de la Costa. Día que aprovechamos para bicicletear un buen tramo. A la mañana: desde Atlantida, pasando por Las Toscas y Parque del Plata. A la tarde: otra vez arrancando desde Atlantida pero en dirección oeste, hacia Neptunia, pasando por Marindia y Salinas. En la bici, sentí a los paisajes de la costa uruguaya más intensos, más vivos….

Al ir frenando en cualquier punto, al proponer un propio ritmo y acelerar y desacelerar según el cansancio corporal, supuse por un momento que la bici era una de las mejores formas de viajar: haces ejercicio, no contaminas el medio ambiente, es un medio de transporte económico y, como si eso fuera poco, pareciera tener el (gran) plus de habilitarte a percibir los paisajes de una forma que parecería ser más real, más autentica.

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Recorriendo la ciudad caminando puedo detenerme en pequeños detalles como este

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La bicicleta me permite apreciar paisajes de una forma ni muy lenta, ni muy rápida. En la que los paisajes pasan a un primer plano.

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La moto es el medio de transporte ideal para recorrer largas distancias, la siento como una forma de contacto con el medio evitando la distancia que generan los parabrisas.

En uno de los últimos días que estuve en Atlantida, mi host me pidió si por favor podía llevarla en su auto a la estación de ómnibus, dejarla ahí y luego volver a la casa… sola. Era la primera vez que un host me daba el auto, ella me tenía fe y yo también me la tenía. Solo que surgió un pequeño percance: como buena experta en desorientación, cuando llego la hora de tomar la rotonda… agarré la ruta equivocada y me fui para otro lado.

Me pierdo en una ciudad, en un pueblo, en un barrio y hasta en un supermercado!, ¿Cómo no iba a perderme acá también?
Afortunadamente, después de un par (varios) de kilómetros, di con una indicación que me permitió dar la vuelta y retomar todo el camino desviado que me condujo nuevamente a la rotonda, y esta vez si, dí con la indicada.

¿Habrá que acostumbrarse a errar? ¿a reírnos más de nosotros mismos? ¿a que el norte no siempre sea el mismo  norte y  que el sur no siempre sea el mismo sur?

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El uruguayo Joaquín Torres García, en su pintura América invertida de 1943, creó el imaginario de otra América posible: “Nuestro norte es el Sur. No debe haber norte, para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces ya tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo. La punta de América, desde ahora, prolongándose, señala insistentemente el Sur, nuestro norte”.

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Paisajes de la Ciudad de la Costa en días de invierno

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Paisajes de la Ciudad de la Costa en días de invierno II

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Ay celeste regalame un sol …

Después de un par de días grises, fríos y bien invernales, Ay celeste regalame un sol […] fue la canción (y plegaria) que inspiró parte de mi viaje por Uruguay, he aquí el porque del título.

(Continuo con la segunda parte de Uruguay en el próximo post 🙂