Entre Uruguay y yo, la luna.

San Carlos, Punta del Este, La Barra, Manantiales
Llegué a San Carlos un lunes por la mañana, después de haber pasado todo el finde en Ciudad de la Costa. Quien me hospedaría esta vez, Guille, vivía a unos kilómetros de ese pueblito cercano a Punta del Este. Mi encuentro con este personaje fue una oportunidad para replantearme ciertas cosas y vivir unos días de trabajo y campo inolvidables.

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La Pachita: éste restó fue mi casa por una semana. Allí trabajé voluntariamente y viví de cerca el “detrás de escena” de un restaurante.

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La Pachita por dentro

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Entrada a La Pachita

El primer día que estuve allí fuimos a hacer las compras y caminar por Punta del Este. Entre charla que va y charla que viene, me surgían preguntas de todos lados y me sentía como un niño en plena edad de los porqués. Ese lugar despertaba en mi una energía que no sabía cómo canalizarla, más que haciendo garabatos y anotaciones en mi cuadernito.

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Paisajes de Punta

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Infaltable foto con los dedos en Punta del Este

En el puerto de Punta, me la pasé “encuestando” a los pescadores con preguntas del tipo: ¿Aquí (punto de encuentro del Rio de la Plata con el Océano Atlántico) se pescan peces de rio o de mar? ¿ el agua es dulce o salada? ¿Cómo pescan? ¿Por qué usan esa red? ¿Cómo la utilizan? ¿hay temporadas en las que sale más un tipo de pez más que otro? ¿Cuál es la mejor estación, mes, hora para pescar? ¿Por qué? , y un par de etcéteras más. Los pescadores, que parecían abrumados y con pocas pulgas, no habrán visto la hora de que me vaya. Pero yo estaba entusiasmadísima, era un mundo casi completamente ajeno a mí y me intrigaba demasiado. Y como quien no quiere ver la cosa, no desistía en mis preguntas, no me cansaba. Y en estos pescadores, por más mala onda que me respondiesen, creí notar un amor por lo que hacen que me atrapaba. Qué se yo, podría ser más amor por el dinero y vender que otra cosa, pero a mí me daba la sensación que era amor al oficio, y el charlar con ellos se me hacía inevitable, las preguntas  se me disparaban solas.

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Uno de los tantos pescadores

Cuando terminé el cuestionario, ellos, ya contentos con “la turista que se iba con su colección de respuestas” (pensé) me sentí inspirada. Estos pescadores me habían dado más respuestas de las que se imaginaban. Ese tipo de respuestas que dan la satisfacción de llevar a abrir más interrogantes.

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Vista a Punta del Este desde el puerto

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Punta Ballena

“Pido perdón a la arquitectura por mi libertad de hornero. Aquel proyecto de mi escuela del mar, naufragó en los sueños…” Carlos Páez Vilaró

Caminando por Punta Ballena, me tropecé con “Casapueblo” de Páez Vilaró.

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Casapueblo un día de lluvia

Me gusta ver el trabajo de los artistas. Me inspira. Así como entrar a la casa de Pablo Neruda en Chile me hizo respirar nuevos aires, entrar a Casapueblo de Carlos Páez Vilaró me generó algo parecido. Ambos se habían inspirado en distintas cosas para su casa. Neruda en el mar. Su casa en Santiago (La Chascona) estaba diseñada como un barco. La casa de Páez Vilaró estaba inspirada en un hornero.

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“[…] y así siguió creciendo, sumando habitaciones como vagones a una locomotora. Dejando resbalar su imaginación al ritmo de los movimientos de las diferentes capas de nivel de la montaña, logró una perfecta integración de la construcción con el paisaje, sin afectar su naturaleza. Sin darse cuenta, con su cuchara de albañil llegó hasta el mar.
En todo momento se mantuvo en guerra abierta contra la línea y los ángulos rectos, tratando de humanizar su arquitectura, haciéndola más suave, con concepto de horno de pan.
Modeló las paredes con sus propias manos. Valiéndose de guantes que creó con restos de cubiertas, logró que la casa impresionara por el vigor de la textura de su cáscara.
Espontáneamente, Casapueblo sigue estirándose hacia el cielo y el mar. Sólo el vuelo de los pájaros podrían medir su dimensión”. (Fuente: carlospaezvilaro.com.uy)

Esos son los grandes lujos que pueden darse algunos artistas, pensé. Lujos por las ideas que le cruzan por la cabeza en cuanto a diseño, que los hace únicos, mas allá de costos (monetarios, de tiempos) que impliquen concluir su obra.

Y no solo los famosos y grandes artistas me inspiran. También están los no famosos pero grandes artistas, que me parecen también imprescindibles, y que hacen de su espacio y de sus días pequeñas obras de arte….

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Acompañé a Guille al bosque a juntar hongos para los platos del restaurante. Pasamos horas buscando, seleccionando y lavando hongos que se consiguen en un supermercado. Yo creo que la pasión y el esfuerzo que hay detrás de cada plato se percibe. ( y sino me creen, miren la peli “como agua para chocolate”)

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Cabo Polonio, Barra de Valizas

“Cabo Polonio no es sus extensas y desérticas playas, sus enormes dunas, sus islas habitadas por lobos marinos, sus pequeñas y bajas casas blancas, sus ranchos coloridos ni los personajes varios que los habitan; no es lo que tiene.
Tampoco es la ausencia de agua corriente, tendido eléctrico, televisión, automóviles o calles; tampoco es lo que le falta. El cabo es una experiencia, es llegar, es recorrerlo y es despedirlo; es una sensación de una irónica e inexplicable PLENITUD”.

Desde el 2009 Cabo Polonio integra el Sistema Nacional de Áreas Protegidas y para preservar su riqueza natural, minimizando el impacto del hombre en el entorno, no se permite el ingreso de vehículos particulares a la aldea. Los únicos autorizados a hacerlo son unos camiones abiertos estilo safari que parten desde la puerta y recorren esos siete kilómetros en 30 minutos, una travesía panorámica rodeando las dunas y el bosque. Otras formas de acceder son caminando o a caballo, desde allí o desde Valizas. Este Parque Natural costero está habitado por poco más de un centenar de personas comprometidas con el cuidado de la zona.

La mayoría de los turistas describen a la reserva como un paraíso por las sensaciones de libertad absoluta y relajación, por las costumbres de sus pobladores y sus ideologías, sus elecciones de existencia.

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Comedor

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Cocina

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Baño

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Agua para el inodoro

Quienes elijen pasar sus noches en el Cabo lo hacen tentados por la experiencia mágica y naturalmente fascinante de vivir como lo hacen sus habitantes, desconectados y aislados de todo lo que hace a una gran ciudad, pero profundamente conectados con uno mismo, con el prójimo y la naturaleza. Otros prefieren pasar el día, tiempo suficiente para dejarse encantar y querer volver.
En las casas hay grupos electrógenos, paneles que aprovechan la energía solar o molinos que aprovechan la energía eólica, y la transforman en corriente. Durante la noche, muchos emplean candiles y velas. Mediante pozos obtienen agua subterránea o con aljibes acumulan agua de lluvia. Entonces, en el cabo hay luz y agua aunque obtenidas mediante sistemas alternativos amigables con el medio ambiente.
La señal de internet es 3G, es decir, a través de celulares, y no hay televisión.
Las opciones de alojamientos son simples y rústicas casas o ranchos bajos de madera o bloques, hostels y posadas. Por la prohibición de construir y ampliar, las pocas edificaciones que hay se encuentran dispersas por todo el parque y sobre la costa, por lo que se mantiene la paz y tranquilidad incluso en temporada alta. La distribución de las mismas es arbitraria, ya que están separadas por caminos, no calles, de arena y pasto.
Gracias a la inexistencia de árboles y alumbrado público, el cabo cuenta con las noches más estrelladas y las lunas más luminosas de la costa uruguaya.

En temporada baja, es cuando el cabo despliega todo su misticismo y permite a quienes lo visiten reconectarse o desconectarse junto al calor de alguna estufa.
No cuenta con banco, cajero automático ni estación de servicio. Los más cercanos están en Castillos.

(Fuente: www.portaldevalizas.com.uy)

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A Cabo Polonio llegué en camión. No se puede llegar en cualquier vehiculo

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“Nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas” dijo una vez Henry Miller. Cabo Polonio y Valizas, en Uruguay fueron, más allá de un destino, una experiencia única. He comprobado que todavía existen rincones del mundo en los que la gente vive sin electricidad y en los que el sol marca el ritmo de los pasos…

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Lobos marinos cerca del faro

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Lamentablemente en las orillas se pueden encontrar todo tipo de animales muertos que trae la marea: pingüinos, lobos marinos, peces, etc.

Cuando llegué a Cabo Polonio, y a falta de gente local que hospedara vía Couchsurfing, no me quedo otra que ir a un hostel. Allí me encontré con todo tipo de viajeros, excepto con gente local.
Lo que menos quería era alejarme de la realidad “poloniense” y sumergirme en un ambiente en el que hablasen francés y de que tan bueno era el vino o la baguette.
En un intento de contactar locales, fuí a caminar sola por la zona a ver si algún pescador, comerciante o constructor disponía de unos segundos para compartir una charla.
Alta sorpresa me llevé cuando comencé a vivenciar un Cabo Polonio que no tenía mucho que ver con en el Cabo Polonio que había idealizado, el que percibí que me habían vendido. Por momentos tuve la amarga sensación de “me metieron el perro”.

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Primero fui al almacén. Compré unos quesos y le pregunté al señor que atendía como era su vida ahí, si desde hace mucho que vivía en el pueblo y que motivo lo había llevado a vivir ahí. Su respuesta fue clara: “y!!!…el dinero, querida”- me respondió, dando por sentada y obvia la respuesta.
Segundo: se me ocurrió buscar la excusa de “tengo ganas de ir al baño” y servirme de ésta para entablar una conversación. Al primer bar que fuí a poner a prueba el “disculpe, ¿hay algún baño cerca por aquí?” (con cara de perro mojado), la señora me dijo a secas (y con mala onda): “acá solo dejamos pasar a los clientes”. En el faro, otro de los lugares en que quise utilizar esta técnica, nadie me respondió. El señor, muy cara de inserte-aquí-la-palabra-que-más-quiera me dio vuelta la cara.
Después de descartar mi único plan, y sin plan b al alcance, se me dio por conversar con los únicos locales que tenía más a mano: los dueños del hostel en el que estaba parando.
Mari y Sebas vivían en el Cabo desde hace unos cinco años. Mari le veía un lado marketinero al lugar, Sebas no. Para él era el mejor lugar del mundo para vivir, y si tantos turistas lo visitaban al año, era por que tenia eso que otros lugares en el mundo fueron perdiendo: la conexión autentica con la naturaleza, la vuelta a nuestra esencia humana. “Cuando voy a la ciudad, veo a mis amigos preocupados por tantas cosas: que pagar el auto, que los costos de vida incrementan, que la inseguridad, que el subte… ¡Es una vida tan estresante! En cambio acá, mi preocupación pasa por si las gallinas picotean el maiz o no”–  remató Sebas en uno de sus arranques de patriotismo.

Y si, la verdad (o mi media verdad) es que la vida en el Cabo de la gente local parecía sencilla, sin grandes preocupaciones. Pero es innegable que la esencia del lugar se pierde bastante con los dos mil turistas que llegan por día en verano (y los pocos que llegan en invierno) que logran crear un clima en el Cabo donde la conexion con la naturaleza parece pasar a un segundo plano y la joda, la fiesta y las drogas imperan. También me pregunté que tanto amor por el lugar sentian quienes vivian alli. Si Sebas me había demostrado una cara de la moneda en la cual se podia vivir en el Cabo amando ese lugar, en el almacenero y su respuesta monetaria creí percibir otra cosa. En fin, creo que esa es una de las tantas enseñanzas que te da el viajar: descubrir que hay millones de matices entre el blanco y negro, que compartir la idea de Mari, no es ir en contra del almacenero, que que te caiga bien Sebas no implica querer adoptar un estilo de vida hippie, que de todo y de todos se puede aprender algo, que salir de un sistema no implica no entrar en otro, que es sano cuestionarse y no ir por la vida asignando etiquetas de que está bien y que está mal.

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Arduo Camino a Valizas I

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Exhausto camino a Valizas II

Al día siguiente, junto a dos franceses que conocí en el hostel, emprendimos camino desde Cabo Polonio a Barra de Valizas. Fueron seis kilómetros de caminata intensa con nuestras mochilas a cuestas y un sol de atardecer que pegaba en las dunas de arena creando un paisaje único. Pero debíamos apurarnos, la noche se acercaba y la poca luz solar que nos quedaba parecía escasa en comparación a la distancia que debíamos caminar. Valizas se nos aparecía como un horizonte inalcanzable. Seguimos las huellas que habian dejado otras personas y al fin llegamos. Justo cuando cayó la noche.

Al no haber luz (por lo menos en las primeras casas de Valizas, nos desesperamos un poco y fuimos a pedir recomendación de hostel a la única casita de madera que se nos apareció iluminada. Allí nos atendió Marcelo, quien muy amablemente nos dijo: “no sé si habrá algún hostel abierto a esta hora, pero si quieren pueden quedarse en la casa de atrás que tengo para alquilar, no les voy a cobrar nada“. Esa casa estaba iluminada enserio. Literalmente.

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Gracias a “Marcelo” que amablemente nos prestó su cabaña en alquiler con ésta excelente ubicación!

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Mac Donald´s llegó hasta Valizas

Punta del Diablo
Fuí a dar con este sitio siguiendo las recomendaciones que me iban haciendo los uruguayos que conocía en el camino y debo reconocer que tiene una costa muy pintoresca, como casi todo el país.
La costa este uruguaya es preciosa, el mar es muy calmo, azul y los pueblos o ciudades de sus costas son muy tranquilos (en otoño e invierno), naturales y rodeados de vegetación.

Después de la experiencia en Valizas, los franceses que me acompañaban y yo terminamos tomando rumbos diferentes. Ellos querían correr a comprar electrónica económica a la frontera con Brasil, el Chuy, y yo quería correr a conocer aquel lugar: Punta del Diablo.
En la terminal de ómnibus, sin carga en el celular ni en la computadora, comencé a hacer malabares para intentar comunicarme con quien se suponía que iba a ser mi host de Couchsurfing, pero me resultaba imposible con un celular con nada de batería y sin saldo. Recurrí a la técnica del “que todos se enteren que necesitaba hacer una llamada”. Comencé preguntándole a la que me vendió el boleto, y no. Continúe preguntándole a otra chica que esperaba un colectivo, y no. Por ultimo le pregunte a un grupo de chicos que viajaban, y no. Hasta que después de que todos se enterasen de la chica que estaba buscando a alguien que le preste una llamada, me crucé con Nicolás, que venía del hospital y estaba esperando a que el señor al que cuidaba saliera del baño. Me preguntó si había conseguido un celular, porque me había visto y escuchado de lejos. Le dije que no y le pregunte si él tenia alguno para prestarme. “Yo no, pero John, que está adentro del baño tiene uno”- me respondió. Genial!- pensé- y con una sonrisa de oreja a oreja esperé a que mi amigo “John” saliera.

John solo hablaba inglés, era un estadounidense de Wisconsin que vivía en Punta del Diablo, y que, para confirmar una vez más el dicho “el mundo es un pañuelo”, conocía a Julio, quien se suponía que me iba a hospedar de Couchsurfing. Lo llamamos tres veces, y Julio no respondió. Ya cansada de insistir, estaba dándome de baja cuando Nico me dice: “¿Por qué no le preguntas a John? Quizás él te pueda hospedar, tiene un hostel”. Una puerta se cerraba y otra se abría si tenía la capacidad de abrir los ojos y no quedarme lamentando lo que no había logrado. Inmediatamente le pregunté a John si podía quedarme en su hostel y cuanto costaba. La respuesta fue: “Yeees, you can, you are welcome, you don´t have to pay anything” (“si, podés, sos bienvenida, no te voy a cobrar nada”).
Corrí a cambiar mi pasaje, me devolvieron parte del pasaje que había comprado antes y cancelé, y me tome un colectivo con John y su cuidador, Nico.

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Mis días en Punta del Diablo estuvieron cargados de tranquilidad, bicicleteadas, lecturas y juntadas con gente del pueblo (amigos de Nico).

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En el pueblo todos se conocen con todos, de más que la rubia desorientada en la bicicleta destartalada no era de ahí…

John no podía caminar, y solo se podía mover con un gran esfuerzo, el invierno le acrecentaba el dolor en los huesos. Era un dolor que sufría desde el 2007, cuando el edificio que estaba construyendo se derrumbó y cayeron él y otros seis compañeros, de los cuales John fue el único que sobrevivió. Sobrevivió, aunque destrozado. Se le quebraron 17 huesos y uno de los mejores médicos de los Estados Unidos le había dicho que quedaría postrado en una cama toda la vida.

Él eligió no rendirse, fue de médico en médico, de diagnostico en diagnostico, y haciendo esfuerzos constantes por mejorar y salir adelante, a pesar del dolor. Y así, poquito a poquito, logro recuperarse. Hasta caminar, moverse perfectamente, y tener una vida completamente independiente de la cama. Fue así como llego a Punta del Diablo, después de recorrer varios países de américa central y Sudamérica buscando la calidez y evitando aquellos fríos intensos que le congelaran los huesos. Los médicos norteamericanos le recomendaron irse lejos de Wisconsin y cualquier otro lugar con un clima parecido, sus huesos no podrían soportar los crudos inviernos. Y eso lo había llevado a recorrer casi todo el continente americano en búsqueda de algún lugar en donde sentirse mejor y poder vivir atenuando el dolor.

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La Punta del Diablo que estaba conociendo era la de la no-temporada, la alejada de aquellos calurosos días de diciembre y enero en los que la gente vacaciona. Una Punta del Diablo que tenia muy poco de la movida diurna en las playas y nocturna en los bares y boliches. Pensé que para conocer un lugar, sus habitantes, sus ritmos, sus costumbres, es preciso distinguir cuando el mismo está “disfrazado” de cuando no, de cuando esta “sin maquillaje”. La imagen que nos llevamos de ella cuando la vemos maquillada no habla del lugar en su totalidad. Es solo una faceta. Me pregunto: ¿Que Punta del Diablo me habrán querido recomendar los que me hablaron de ella? ¿De cuales de sus facetas me habrán estado hablando?
Nico me contó que muchos turistas que llegan se encantan tanto con la ciudad que deciden quedarse a vivir ahí. Lo cual dura unos pocos meses, y tras el primer fresco y las deserciones turísticas, la abandonan.
Para muchos no es fácil vérselas con una Punta del diablo “no turística”, en cambio estan aquellos otros que la amamos como es, con todas sus caras, la que vende, la que no… Ahora vos te vas a encontrar con sus verdaderos amantes, con los locales en serio” – sentenció.  ¿Será así? Para pensarlo…

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Mi almuerzo en las cabañas deshabitadas de Punta del Diablo

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Durante mi viaje por Uruguay, conocí a varios turistas extranjeros que visitaban el país atraídos nada más y nada menos que por Pepe Mujica. ¿Puede un presidente atraer más al turismo que cualquier otra publicidad destinada específicamente a eso?(Para profundizar mejor acerca de éste fenómeno, les recomiendo un libro: “José Mujica, La revolución tranquila”.)

Acá es cuando me pregunto: así como a muchos los lleva a Uruguay su fanatismo por el Pepe, así como a mí me había llevado a Punta del Diablo el querer conocer su costa, así como a John lo había llevado su lucha contra el dolor, así como a Nico lo había llevado la búsqueda de tranquilidad y una paz alejada del ritmo vertiginoso de la ciudad, así como a Dani la había llevado una promesa de amor que resultó ser un amor no correspondido: ¿Cuáles habrán sido los motivos que llevaron al resto de los habitantes a vivir allí? me intriga pensar en los motivos que llevan a las personas a vivir en un lugar.  Es que los hay tantos, y tan diferentes uno del otro, que a veces me sorprende que gente con motivos tan pero tan distintos puedan convivir en un mismo lugar sin atropellarse unas con otras.

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Muchos escogen dónde quieren vivir, otros no se lo cuestionan y aceptan los lugares como por inercia, otros quisieran poder elegir pero no tienen oportunidades o creen que no las tienen como para hacerlo. Y así podría seguir nombrando miles de casos de como cada persona termina viviendo en un lugar y no en otro.

Más allá de los motivos que lleven a cada uno a cada lugar, creo que el lugar que elegimos para vivir tiene un impacto inmenso en el trabajo que hacemos. Por eso defiendo la idea de que es importante que en algún momento, no importa cuando, cada quien intente por lo menos una vez vivir lejos de su casa, salir de la zona de confort, vivir entre personas que hacen las cosas distintas a como las hace uno. Viajar hace que el mundo nos parezca “nuevo”, y cuando el mundo se nos aparece como “nuevo”, nuestro cerebro trabaja con mas empeño, entrenamos nuestras conexiones neuronales.

Ya después (creo yo),  habiendo conocido cualquier otra cara del mundo por un tiempo considerable, y con otras herramientas a nuestro alcance, la decisión de vivir en X lugar, se torna distinta, con más fundamentos y como si fuese parte de una autentica elección personal. Sea el lugar que sea…..

“Viajamos porque necesitamos. Porque la distancia y las diferencias son la pócima secreta para la creatividad. Cuando llegamos a casa, todo sigue siendo lo mismo. Pero algo dentro de nosotros ha cambiado, y eso lo cambia todo.” Jonah Lehrer