Cumplir (o sobre mis orígenes)

Hay cosas que ni los spaghetti, ni la pizza, ni el tiramisú pueden explicar.
Que se transmiten, no sé si en los genes o en la sangre, pero si -estoy segura- emocionalmente.
Ese sentimiento que te eriza la piel y hace que tu corazón marque más palpitaciones por segundo de lo normal.

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Niñas del pueblo jugando a las muñecas

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Señor paseando en su bicicleta

No crecí en una familia en la que me hayan transmitido demasiado sobre la cultura italiana. Tampoco tuve una niñez rodeada de palos de amasar o de nonas que me hablasen en algún que otro extraño dialecto. Sin embargo, un buen día comencé a repetir una frase que no parecía entender demasiado: “mis tatarabuelos son de Italia”. Frase que me resultaba tan impropia como decir “este peluche es Made in Taiwán”. Acaso el motivo de esto radicaba en mi desconocimiento de reliquias o libros de historia que me permitiesen constatar algo del paso de mis antepasados por este mundo. Acaso lo que habían traído con ellos de aquel país se había transformando en un mito o en recuerdos que se extinguieron el día que murieron. No lo sé. De su vida, tanto de un lado del charco como del otro, yo no sabía nada.
Pero había algo que me hacía ruido y que a cierta edad comenzó a despertarme cierto interés: a mí, como a tantos otros de sus descendientes, me habían dejado un legado, había quedado una evidencia que tallaba mis orígenes en un acta de defunción y que en mi pasaporte se transcribía así: Nacionalidad: italiana.

La curiosidad fue creciendo de a poco con los años y decidí anotarme a clases de italiano alimentada por la esperanza de que quizás esa sería la forma de ponerle puntos de cohesión a aquella historia.
¿Será que traigo un algo que no es mío, qué cargo con algo de antepasados inmigrantes que llegaron escapando de vaya a saber uno qué?
Comencé a hacerme más preguntas de las que podía responder.
Fue en medio de esa búsqueda incesante de respuestas que en el 2010 me prometí viajar a Europa, a Italia más específicamente.

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Zoppola

Eso que me había prometido en el 2010, y que creía tan difícil de alcanzar era lo que quería -volver- a ver.
Italia había sido el país por el que decidí comenzar a viajar, con el que tanto soñé con irme a vivir y al que más había postergado. Era hora de hacer un corte con eso que me hacía dejarla “para después”.

Así fue como, después de siete años de aquella promesa, fui a parar a Zoppola, un pueblo chiquitito del noreste italiano que no parece atraer tanto al turismo como en general ocurre con varias ciudades de Italia, y me puse a reflexionar sobre la vida de mis antepasados inmigrantes:
¿Cómo habrá sido la vida de mis tatarabuelos en este pueblo? ¿Dónde habrán nacido?¿Por dónde habrán caminado? ¿Dónde habrán jugado a las escondidas? ¿Dónde se habrán enamorado? ¿Se habrán sentado en este banco alguna vez? ¿Qué hubiese sido de ellos si se quedaban? ¿Habrá descendientes aquí de quienes los conocieron personalmente? ¿Los recordarán? ¿Tendrán memoria las ventanas, las paredes o estos árboles pelados? ¿Qué fue lo último que habrán visto antes de partir? ¿Se habrán prometido volver? ¿Qué habrán sentido? 

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Midiendo el paso del tiempo

Lo que quería saber no tenía mucho que ver con trámites burocráticos de cómo hacer la ciudadanía u obtener el pasaporte italiano. Yo quería indagar sobre otra cosa, sobre algo que se anclaba en el alma y que no podia poner en palabras.  Me interesaban las huellas  de lo que había quedado del otro lado del Atlántico.

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El señor que me ayudó a escarbar en el pasado

Como sucedía con la mayoría de las personas de aquella generación, mis antepasados italianos nacieron, crecieron y pasaron gran parte de su vida en la misma zona. Aprendieron un idioma, absorbieron de una cultura, recibieron una nacionalidad, jugaron, hicieron amigos, tuvieron historias que los fueron moldeando, pasaron por situaciones fáciles y difíciles, trabajaron, fueron a misa, se enamoraron, se casaron, tuvieron hijos, nietos… Pero, a diferencia de aquellos que se quedaron para siempre en el lugar donde nacieron y que un tiempo después murieron en ese mismo pueblo, para ellos la vida no resultó ser de la misma forma.

Hubo varios fenómenos que interrumpieron la cotidianidad del pueblo y que quebraron la vida de muchas personas en dos. Así fue como miles de italianos decidieron dejar atrás una región de Italia que había quedado sumida en la pobreza producto de ser territorio en disputa y resultado de una guerra tras otra allá por 1880, renunciando a un pueblo y a una vida que quizá no tenían ganas de dejar, para empezar de nuevo en un lugar distinto. Por amor nos vamos, o por amor nos quedamos.
Y así es como surge una de las tristezas más difíciles: la nostalgia. 

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Necesito una maquina del tiempo!

Comprendí entonces que esa italianidad que me hacía tanto ruido no provenía de la frase “mis tatarabuelos son de Italia”, ni de los papeles que esclarecían mi nacionalidad, ni en los ñoquis del domingo. Esa italianidad eran las decisiones, el armado de las valijas, los viajes, las migraciones, los dolores por tener que partir, las guerras externas e internas con las que habrán tenido que lidiar, las ilusiones de algún día regresar. Todo eso también había llegado con ellos en el barco y sentí que me lo habían transmitido de a poquito, emocionalmente, de generación en generación.

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Mi apellido en todos lados

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hasta en el nombre de una calle!

Y en Zoppola tropecé con una palabra que resumía eso que me estaba pasando: déjà vu (la sensación de estar viviendo una experiencia que ya se vivió con anterioridad, haya o no ocurrido realmente).

Porque 140 años se habían encontrado.
Porque sentí que ya había vivido ese momento.
Porque la sangre de la sangre de la sangre de Don Valentino y Don Bartolome volvía a pisar las mismas veredas.
Porque volvía a ver ese paisaje al que mis antepasados tuvieron que darle la espalda.
Porque Zoppola era sellar un camino, cumplir con una misión, cerrar un ciclo en el tiempo.

La sensación de estar viviendo una experiencia ya vivida era, tal vez, porque con mi llegada al pueblo retornaban también todos sus sueños.
Quizás nadie lo vio de esa forma, pero yo sentí cumplir.

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Muriéndome de calor bajo el rayo del sol

Estando acá siento ese mismo olor a felicidad que en mi pueblo en Argentina en algunas tardes de verano. Supongo que emana de la sensación de que algo se cumple.
Siento una paz que me traspasa.

Y me voy de Zoppola con la convicción:
De que hay que echar raíces, pero que también es necesario moverse para reencontrarse.
De que en este mundo, así como algunos son obligados a moverse y no quieren, otros necesitan del movimiento para ser felices. Y de que soy, ni más ni menos, que la combinación y el resultado de todo eso.

***

 

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Parte de la otra rama de los Sartor en Zoppola

Quiero agradecerle a Sante Sartor y a su familia, por su tiempo, su interés en mi historia y su amistad.