Cuarentena con sabor a Lima

“Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.” Ítalo Calvino

Salgo a la vereda y por primera vez pienso en algo que no me ocurría hace mucho:

Saludo a Roxana, jugamos un rato con Tica (su perra), le damos un poco de comida a Oso (el perro del barrio), intercambio algunas palabras con la mamá de Miranda (la bebé que vive en frente), nos regala una porción de torta de zanahoria Diego (el vecino argentino que acabamos de conocer) , saludamos a los hijos de nuestro vecinos venezolanos y Mateo juega un rato con Sol, su gato; busco un poco de pan y las palomas no tardan en llegar, parecen tímidas al principio, hasta que agarran confianza, le doy otro pedacito de pan a Mateo, y se lo come él, las palomas esperan. Camino un poco más y se me acercan dos perros, “se llaman Joe y Negrita”- me dice la vecina, vieron que tenía comida en  la bolsa y ahora no paran de saltarme.

Es muy loco observar cómo en cada paso que doy me voy encontrando con personas que aparecen así de repente, de la nada, justo en ese lugar de la vereda a esa hora y en esas coordenadas, con una historia previa que desconozco, con un montón de motivos invisibles que explican por qué hacen lo que hacen, por qué piensan como piensan, por qué buscan lo que buscan, por qué estamos donde estamos.

Delibero un rato y me doy cuenta que parece que vivo aquí hace años, que conozco a la mayoría de los que viven en esta cuadra, de que me siento una vecina más. De cómo esto de ser ciudadana del mundo no sólo acarrea ser de ninguna parte sino también ser de todas partes un poquito.

Me pregunto si hubiera sucedido lo mismo sin la cuarentena. Si todos hubiésemos seguido nuestras vidas al ritmo que veníamos haciéndolo, si la cuarentena me acercó a un costado empático de la gente o no, o si todo esto es solo una percepción mía, porque, como a todos, me es imposible observar con ojos neutros.

Que se yo.

Rosalinda y su verduleria

Rosalinda y su verduleria

Roxana con sus flamantes perros

Sayla trabajando frente al mar

Por momentos me gusta jugar a ser una vecina más. Chismosear entre vecinos, predecir el clima del día siguiente, comparar precios de los supermercados, convidarnos las porciones de torta que hicimos los fines de semana y prestarnos bicicletas.

Y por otros, me gusta jugar a ser extranjera. Como diría Caparrós, los extranjeros “somos los tontos del pueblo”, los que no sabemos lo que saben todos, los que nos sorprendemos de lo que no sorprende.

Al fin de cuentas, ese es el chiste de viajar: poner en duda lo sabido, hacerle frente a cualquier afirmación tajante.

Chavela, Negrita, Joe y Oso

De compras con Oso

UTEC – Universidad de Ingeniería y Tecnología

Bomberos voluntarios en Chorrillos

Durante algunas de mis reflexiones (aunque los momentos de reflexión sean mínimos cuando se tiene a un bebé de quince meses demandando constantemente) me pregunto qué carajo hago acá, cómo es que terminé en Lima en el escenario de una pandemia mundial. Como es que de repente cerraron todas las fronteras de Perú y quedamos aquí atrapados.

Cómo es que una embajada de mi país, que se supone más presente debería de estar en este momento, justo justo ahora se viene a borrar.

Cómo es que quedaron miles de personas, muchas de ellas en situaciones desesperantes, atrapadas en Perú y en otros países sin poder volver a sus casas.

Cómo es que el mundo cambió tanto y tan rápido, y esas cosas de las que antes no me percataba hoy me parecen tan raras y lejanas. ¿Cómo era ir a desayunar a un café, jugar en los juegos del parque, decirle feliz cumple a alguien con un beso y un abrazo?

Después de tantos viajes, siempre pensé que podía volver a Argentina cuando quería. Que si me enfermaba, extrañaba, me cansaba, siempre era posible volver, reencontrarme con mis seres queridos, cargar energías y, si deseaba, volver a irme.

Esta situación fue como un cachetazo de realidad. Pues una vez más la vida, el universo, dios, (inserte-aqui-su-creencia) me demuestra que no tengo el control. Que hay un algo que me excede, que al camino no lo marco yo sino los distintos puntos que voy conectando en el camino.

Uno cree que va a hacer un viaje, pero en realidad es el viaje el que lo hace a uno, dijo una vez Bouvier.

Vista desde mi ventana

La catedral de mi barrio

Perro mirando al sudeste

A veces me pongo a contemplar el mundo que gira, a observar, y a observarme: los amaneceres, las tres tazas de café, las galletitas con mantequilla de maní, los dos termos de mates, las actividades repetitivas, los rituales personales, las clases de cada mañana, las visitas al gato de la vuelta, la siesta, la necesidad de dormir, la rutina y todos esos momentos donde la vida misma transcurre. Y pienso en cómo los planes cambian de la noche a la mañana, y en cómo fue que sin querer construimos una vida en Perú.

Mateo y Ben

Fragmento de mi diario:

Son las cinco y pico de la mañana y los pajaritos comienzan a cantar, me despierto, miro la hora para confirmar que esté a punto de amanecer, me voy al baño en puntas de pie intentando que no se despierte Mateo, regreso a la cama, me pongo sobre los ojos el primer pedazo de tela que encuentro a mano para no despertarme con el sol y me vuelvo a dormir.

Cerca de las ocho y media se despierta Mateo balbuceando todas las palabras que conoce (guauguau, cat, cow, bus..), se levanta Ben o yo, le cambiamos el pañal y vamos a prepararle el desayuno.

Ya con el mate en mano, me voy directo al lugar que mejor conexión a internet tenga, me armo un escritorio y comienzo a dar las clases de español.

Almuerzo lo que haya a mano, a veces estoy llena del desayuno y lo salteo. En cuarentena como cuando tengo hambre, bebo cuando tengo sed y duermo (casi siempre) cuando tengo sueño. Trato de seguir los ritmos que mi cuerpo me sugiere.

Salgo a la calle con Mateo, le damos comida a Oso, pegamos una vuelta manzana para despejarnos, vamos a la verdulería o al mercado local y compramos algunas cosas que necesitamos para la semana. Volvemos al departamento, pongo a Mateo a dormir la siesta, a veces me dormito un poco y me quedo unos minutos a su lado hasta que me despierto y: o me pongo a ordenar juguetes, o limpio (?), o me pongo a escribir o leo o miro algunos minutos de la película que deje pendiente o tengo una clase.

Cuando Mateo se despierta juego un poco con él, vemos blippi, las canciones de la granja, algunos videos de camiones de basura y bajamos nuevamente a darle de comer a las mascotas del barrio. Primero los perros de la cuadra: Oso, Tica, Negrita, Joe, Paco, después al par de palomas que se anime a bajar a la vereda y por último los dos gatos de la casa azul.

Se hacen las seis de la tarde y comienza el toque de queda, subimos, vemos el atardecer, canto una canción al sol y de decimos “hasta mañana”.  Me doy cuenta de que para mí no hay “los atardeceres más lindos del mundo”, son todos únicos. 

Si hay ganas, hago ejercicio o pongo en YouTube las meditaciones guiada de esa chica española que tanto me gustan. Sino, cocino lo que me pinte para la cena.

Se hacen las siete y media de la tarde y la comida esta lista, nunca pensé que me gustaría cenar tan temprano.

Terminamos la cena, limpiamos y llega la hora de las videollamadas a la familia. ¿Cómo fue que hace dos meses no sabíamos que éramos felices?. Me pongo melancólica y pienso en como extraño abrazar y mirar a los ojos. En como extraño a mi abuela y sacar a pasear a Iruya. Y pienso también que cuanto más me alejo físicamente de mis seres queridos, más cerca me siento emocionalmente. Que a veces irme me acerca. Que no siempre dos más dos es cuatro.

Vemos dibujitos, nos bañamos y a dormir otra vez hasta la mañana siguiente.

Libertad por fin

Jamás pensé que vería el tiempo correr tan rápido.

Que el periodo desde el que comienzan a cantar los pajaritos hasta que veo desaparecer el sol desde mi ventana sería tan veloz.

Que una mañana podía ser contada en cinco idas y vueltas de la habitación a la heladera.

Que una tarde se podía medir en la cantidad de perros a los que acaricie y que una noche se podía calcular en la cantidad de canciones de la granja que escuché.

¿Era Lima que estaba en punto muerto o era yo la que iba demasiado rápido?

¿Cómo se mide la velocidad en la que se mueve uno en cuarentena? ¿cómo se mide la velocidad a la que corre una ciudad?

La cuarentena me enseñó que un lugar también se puede percibir desde la velocidad.

Mateo y Oso

Casas peruanas I

Casas peruanas II

Jade Rivera en los muros de Barranco

Nunca nos enseñaron a lidiar con nuestras emociones, a transitarlas, a dejarlas ser.

La gente que es feliz ¿tiene la necesidad de recordarse todo el tiempo que es feliz?

A veces salgo a caminar, y me cuesta creer lo que veo. Una ciudad en la que hace un par de semanas se escuchaban bocinas, frenos y gritos por todos lados de repente se quedo muda.

¿Qué estará queriendo decir Lima?

Las calles silenciosas también tienen muchas cosas que decir.

Nada por aqui

Nada por allí

Me habían hablado tanto de Lima al punto que me convencí de cómo reaccionaría al verla. Pero fue en esta ciudad que entendí de una buena vez que no hay ciudades lindas ni feas ni aburridas ni interesantes. Que cada ciudad es un espacio hueco, una tabula rasa, que cada uno rellena sentimentalmente en función de las experiencias que vive.

Una vez una amiga me dijo: “te vas a dar cuenta de cuál es tu lugar en el mundo en el momento que quieras regresar a él”, y no puedo evitar preguntarme:

¿Será Lima un lugar al que quiera regresar?

¿Qué nos queda de las ciudades que conocemos?

¿Qué nos llevamos de cada lugar?

¿Qué queda de nuestro paso por una ciudad?

¿Queda algo o la ciudad nos borra y olvida para siempre?